
Me acuerdo muy bien de ese día. Me acuerdo muy claramente porque era mi cumpleaños. Estoy cien por ciento seguro de que ese día yo cumplía quince años. O dieciséis.
Inmediatamente después de ponerme los zapatos, sentí un pequeño bulto dentro del zapato derecho. No era duro como una piedra, era algo entre duro y suave, no sé cómo describirlo exactamente, tampoco era muy pequeño. No me molestaba demasiado, así que no me preocupó mucho, además ya no tenía tiempo de quitarme el zapato para investigar qué era. Mi mamá ya me esperaba en la cocina con mi desayuno listo. Tenía que estar en la escuela a las ocho de la mañana.
En lo más recóndito de mi cerebro, o como quien dice en mi subconsciente, no dejaba de pensar en el pequeño bulto dentro de mi zapato derecho. Mientras comía en la mesa de la cocina, me tallaba la suela del zapato contra la silla que tenía frente a mí. Comí de prisa y me despedí de mi mamá; para esas fechas ya no me despedía con un beso.
El recorrido de mi casa a la parada del autobús era largo, algo así como doce cuadras. Si cada cuadra son cien metros, entonces serían como mil doscientos metros; si cada paso de un adulto es como un metro, entonces deberían de ser como mil doscientos pasos, más el espacio entre las cuadras, y considerando que mis pasos eran más chicos que los de un adulto, calculo que por lo menos fueron tres mil pasos los que di en ese recorrido.
Yo vivía en la colonia Moderna, que en realidad de moderna, pues no tenía nada, ni asfalto, ni cemento, ni aceras. Caminaba por la Valdez Carrillo hasta la Juárez.
Bueno, pues en cada paso que daba, buscaba cómo restregar la suela de mi zapato contra algo duro. Ya tenía mucha comezón, iba concentrado solo en eso. Ya ni me acordaba que no había hecho la tarea de taquigrafía, la materia que más odiaba; lo único que me gustaba de esa materia era la maestra. Bueno, pues, solo la planta del pie tenía en mi mente.
Todo esto lo hacía inconscientemente. Ahora es que recuerdo eso claramente.
Al llegar a la Juárez, en la Plaza de Armas, pensé: ahora si me quito el zapato, pero en eso llegó el camión.
En el autobús hice lo mismo, raspaba mi pie contra el tubo de metal de descanso del asiento de adelante. Ahí sí tenía tiempo de quitarme el zapato y remover lo que me molestaba, pero como no era una molestia exagerada, no lo hice. Al bajar del autobús pegué un brinco, tratando de comprimir con mi peso lo que sea que estaba dentro de mi zapato.
Sin ningún éxito. Lo que estaba ahí aún lo sentía, apachurrado o no.
Ya en la escuela, durante la primera clase, seguí dándole con el zapato, ahora contra el pupitre de mi compañero de adelante. Pensé quitarme el zapato entonces, pero me parecía un poco ridículo, además la maestra de esa clase era muy estricta y exigía mucha concentración. Decidí que en la siguiente clase sí lo haría.
Tampoco lo pude hacer. Teníamos examen en esa clase, y yo no necesitaba ninguna clase de distracción. Al entregar mi examen terminado ya me latía que la calificación no sería muy buena, pues me la pasé muy distraído.
Lo que estaba en lo más recóndito de mi cerebro ya estaba en mero enfrente: el triste bultito.
Solo faltaba una clase, y después tendríamos un receso, o descanso, o recreo, ya no me acuerdo cómo es que le llamábamos al intermedio de media hora que tomábamos después de la tercera clase. Entonces, yo pensé que sin ninguna excusa revisaría lo que tanto me molestaba en el zapato. Ahora sí pensé que me molestaba. No tanto por lo que traía dentro del zapato, sino la molestia mental y la curiosidad por saber que era ese triste bultito.
Pero tampoco pude, pues mis amigos me eligieron para jugar un juego rápido de voleibol. No me negué, pues pensé que con tanto brinco aplastaría lo que sea que traía dentro de mi viejo zapato.
No funcionó.
Cuando se terminó el partido, que perdimos porque yo me la pasé brincando sin ton ni son en lugar de atacar al otro equipo y defender el mío, por fin decidí quitarme el zapato, pero cuando estaba tratando de desabrocharme la cinta, alguien detrás de mí me dio un coscorrón. Era el director, quien me decía: “Apúrate, chamaco, ¿que no oíste el timbre?”
Bueno, ahora solo faltaban dos clases y nos podríamos ir a casa. Esas dos clases se me hicieron muy largas y aburridas. Durante esas dos clases continué rascando mi pie en el pupitre de mi compañero, hasta que ya un poco enfadado, pero con cortesía, él me dijo que dejara de joder.
Sin más remedio, tuve que esperarme hasta el final de la última clase.
Pero tampoco pude. Pues al salir de la escuela, mi amiguita favorita me estaba esperando, y me preguntó que si la acompañaba a su casa. “Por supuesto que sí”, le dije muy entusiasmado, sabiendo que siempre me despedía con un beso en la mejilla después de que la dejaba en su casa.
Al llegar a su casa, me preguntó qué pasaba con mi pie derecho, y si me había lastimado jugando al voleibol. Luego de que le expliqué detalladamente lo del bultito en mi zapato, se sonrió, y me invitó a pasar a su sala a sentarme al sillón y quitarme el zapato, pues ella también tenía curiosidad de ver que era.
Ahora pienso que habría sido mejor no haber aceptado.
Ya sentía yo una satisfacción anticipada al estar desabrochándome la cinta del zapato. A pesar de que no tenía ni la menor idea de lo que encontraría, me imaginé que ambos terminaríamos con una sonrisa.
Finalmente me quité el zapato, metí la mano y saqué lo que estaba ahí, y enseguida, como un tonto, abrí la mano frente a ella. Al escuchar el grito de mi amiga comprendí que esta vez no habría beso de despedida. Tal vez, sólo la despedida, y tal vez para siempre.
Jamás había visto yo una cucaracha de semejante tamaño.
Esto sucedió hace muchos años. Ella, entonces, era mi novia; ahora es mi esposa. Hoy nos estábamos acordando de ese episodio. Y hoy, después de tantos años mi esposa dijo:
“Jamás había visto yo a una cucaracha de semejante tamaño y que apestara tanto a pies.”
Edmundo Barraza
Lancaster, CA.
Aug-2014
UGH! I have seen them in Florida! you are lucky it did not squish as that is truly disgusting! Wonderful tension.
LikeLike
Thanks, Violet.
LikeLiked by 1 person