SE RENTAN NUBES

INTRODUCCION

Un niño sueña con una vida mejor para sus padres y su hermana menor cuando una grave sequía afecta a su pequeño campo y amenaza el modo de vida de la familia. El padre está al borde de la desesperación, pero sus hijos tienen influencias más allá de las nubes y su fe es inquebrantable.

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El paisaje no podía ser más horrendo ni más devastador. La tierra se veía triste y gris, y su aridez era muy profunda.

Así era la tierra de mi padre en esos tiempos. Seguía siendo tierra fértil, sólo que esa fertilidad necesitaba agua, agua que venía escaseando desde que yo nací. Hace once años que no llovía. La tristeza era visible en el rostro de mi padre y se comenzaba a parecer a su propia tierra, pues ya se le notaban surcos áridos en la frente y alrededor de sus ojos.

Cualquier desierto podría tener más vida. De seguro había desiertos en el mundo con más alegría, tierras áridas, pero llenas de orgullo y acostumbradas a vivir sin agua. Tierras desintegradas y convertidas por el extremo calor en granos de arena, imposibles de crear vida y alimento.

Me daba mucho gusto ver a mi padre feliz, pero su felicidad era cada vez más escasa y paulatina. A veces, antes de irnos a dormir, salía de la casa y veía al cielo, esperanzado de que las nubes fueran más sociables y amistosas y que al fin se reunieran a festejar algún milagro. El milagro de la lluvia. Pero al día siguiente, la tristeza de mi padre se intensificaba al ver sus tierras desoladas y secas. El agua comunal ya no existía; el río sólo parecía una vena vacía y seca, por la cual ya no corría ni una gota de sangre. Estaba tan muerto como la esperanza misma de las gentes de los alrededores; algunos vecinos ya se empezaban a ir a las ciudades.

Y yo le rogaba a Dios, le rezaba y le imploraba que mandara agua, porque me dolía mucho en el corazón ver a mi padre cada vez más triste. Él no se daba cuenta de que yo notaba todo; tampoco se fijaba en que yo veía que el vaso de agua que tomaba para apagar su insaciable sed no se lo terminaba, y le iba a echar el último trago a la plantita de la maceta que teníamos en mi ventana.

Y yo veía en las noticias cómo en otras partes del mundo había inundaciones, huracanes y lluvias torrenciales que arrasaban todo a su paso. Y yo le preguntaba a Dios por qué era tan injusto y no repartía sus exageraciones, y por qué no traía un poco de los excesos de allá a las escaseces de acá. Y porque la gente más pobre era siempre la más afectada por todas las miserias que el mundo padecía.

Pensando en eso, se me ocurrió que debería haber una forma de juntar las nubes y forzarlas, de alguna manera, a que soltaran sus aguas en algún lugar específico, no para el placer de sólo ver llover, sino para satisfacer el hambre y las necesidades más elementales de la gente del campo. Además, mi hermanita de tres años nunca había visto llover. Y así me fui a dormir una noche, pensando en cómo lograr traer las lluvias y devolverle la felicidad a mi papá.

Y esa noche soñé con “Nube Mojada”, el jefe apache de la tribu “sinsolnisombra” que me enseñaba la danza de la lluvia. Su poder sobrenatural de atraer las nubes ya había rebasado fronteras. Las inmensas tierras de su tribu las envidiaba el mismo paraíso celestial. No sé cómo, pero en mi mismo sueño me daba cuenta de que estaba soñando, aunque todo se veía auténtico; me daba cuenta de que todo era irreal. Y eso me obligaba a poner más atención para aprenderme al cien por ciento la danza de la lluvia, para aplicarla al día siguiente en las tierras de mi papá.

Pues sí, me la aprendí y en la mañana, antes de irme a la escuela, antes de bañarme y antes de desayunar, ejecuté el baile tan auténtico como pude. Con una olla y una cuchara traté de imitar el ritmo de los tambores. Todo estaba bien hasta que mi mamá me agarró de la oreja y me metió a casa, diciendo que me iba a llevar al manicomio si no me comportaba como una persona normal.

Por el río no había corrido agua desde hacía tres años; tampoco mi hermanita sabía qué era un río. Me imagino que si soltaban agua de la presa o del lago, o de donde salía el agua del río, solo alcanzaría a humedecer por unos segundos la tierra tan muerta de sed por tantos años. Estoy seguro de que nosotros estábamos a muchos kilómetros de donde naciera el agua. Y cada vez que pasaba por el río vacío, desquebrajado y seco, me acordaba de mi papá y de su corazón.

Un día vi a mi papá con una vara en forma de “Y” caminando incansablemente por todo el rancho. Según él, buscando agua subterránea, lo único que encontró fue una sed inmensa en su garganta. Decepcionado, se fue a sentar a la sombra flaca del último árbol vivo que nos quedaba. Tal vez necesitaba una vara más grande, mucho más grande.

La preocupación de mi papá se me había contagiado; ya solo pensaba en nuestra gran escasez de agua, día y noche. Antes de dormir, mi mente le daba vueltas a mis pensamientos y, durante horas, solo veía agua en mi mente. Una mañana desperté con buenas noticias en la televisión. Habían encontrado la forma de hacer llover, según esto habían inventado un imán de nubes. Este imán reunía nubes en un par de horas y luego le lanzaban cañonazos o misiles desde la tierra, que explotaban sobre las nubes, obligándolas a soltar el agua del susto. Pero todo esto acabó repentinamente cuando empezaron las guerras civiles entre pueblos vecinos, pues reclamaban que les habían robado sus nubes. Y aun así, cada vez aparecían imanes más grandes y poderosos. Hasta que el gobierno los prohibió.

Y por supuesto, yo despertaba de mis sueños fantásticos cada vez más decepcionado. Aunque eso de los imanes me parecía una buena idea.

Nuestra preocupación creció cuando el agua para bañarnos ya se consideraba un desperdicio. En la casa ya no había macetas con plantas vivas, los perros ya no sacaban la lengua para no sudar, y así ahorraban vueltas a sus recipientes secos.

Por las noches yo ya no rezaba ni conversaba con Dios, en lugar de eso, le reclamaba y le reprochaba sin ningún temor o respeto que se bajara de su nube y nos la prestara por tan solo un rato, y le recriminaba lo que había aprendido en la escuela: setenta y uno por ciento de la superficie de la tierra contiene noventa y siete por ciento del agua en el planeta.

Y le preguntaba porque no la distribuía equitativamente, o aunque sea que le quite la sal al agua del mar y haga un millón de ríos nuevos, y luego el calor del sol podría evaporar parte de esta agua y luego esta evaporación convertirse en nubes y luego en lluvia y luego la lluvia regresaría a los ríos y así sucesivamente, un ciclo bonito e interminable. Y así, con tanta agua de lluvia, el mundo entero se convertiría en un paraíso terrenal y ya nadie le pediría nada, y él estaría en paz descansando por toda la eternidad, o podría irse a otros universos a crear vida nueva con otro Adán y otra Eva. No creo que sea tan complicado para Dios.

Viéndolo bien, podríamos mudarnos a donde haya muchas inundaciones y, por lo menos, nos desaburriríamos de esta sequedad tan terrible. Mi papá dice que eso está muy complicado y que necesitaríamos, al menos, diez años para adaptarnos a un cambio tan drástico. Y yo digo que me gustaría haber nacido en medio del agua, y que dentro de diez años vamos a seguir sin agua ni lluvia. Y él dice que me calle y que no eche la sal.

Ya no quiero dormir, ya no quiero soñar. O bueno, siempre si, si quiero soñar, quiero soñar que amanezco ahogado en un inmenso lago de agua dulce y fresca, bueno no ahogado, quiero disfrutar más mi felicidad y ver la cara de mi papá sin arrugas y sin surcos, quiero ver su cara con una sonrisa eterna, que salga a brincar junto conmigo en la lluvia, mirando al cielo con nuestras bocas abiertas, y recibir el agua dentro de nuestras almas y corazones y dejar que corra por todas nuestras venas. Eso es lo que quiero. Soñar y ya no despertar.

Pero vuelvo a despertar. Y creo que estoy escuchando que llueve. Pero no me entusiasmo porque sé que estoy soñando. Pero escucho a mi padre y a mi hermanita gritar afuera, brincando y riendo bajo la lluvia. Y luego mi madre se acerca a mi cama y me pide la mano y me dice que me levante y vaya a ver cuánta lluvia está cayendo. Y le contesto que no quiero porque estoy dormido y soñando. Hasta que regresa con una cubeta llena de agua y me la vacía en la cara. Y entonces sí despierto y me levanto y voy a festejar el milagro de la lluvia. Y brincamos todos juntos, agarrados de la mano, y nos cansamos, pero ya no nos da sed.

Y me voy a dormir y vuelvo a despertar y sigue lloviendo.

Y sigue lloviendo.

© Copyright 2023

Edmundo Barraza

Lancaster, CA.

Sept-2014

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Author: Edmundo Barraza

Edmundo Barraza was born in Durango. He grew up in Torreon, Mexico. He now lives in Los Angeles, Ca. Even though he became an American Citizen in 1990, he still considers Torreon his hometown. He was seven when he saw his first movie. The screen was the exterior wall of a church at the top of a hill. A Spanish film about a baby left outside a church by his mother. He never stopped watching movies after that. He began writing short stories in 2009. His love for cinema pushed him to turn his own stories into scripts and then to film. In 2015 he shot his first short film, "The Corpse Is Alive," which won thirteen nominations at different film festivals worldwide. "Drugs And Chocolates" and "The Psychic" have also won numerous awards. Some of his favorite film directors include Luis Buñuel, Federico Fellini, Akira Kurosawa, Ingmar Bergman, Stanley Kubrick, Sam Peckinpah, Alfonso Cuarón, Alejandro González Iñárritu, and many others. His favorite music includes The Beatles, Stevie Wonder, Pink Floyd, The Clash, Temptations, The Doors, Led Zeppelin, Bob Dylan, and many others. "Playing pool, listening to rock music, and having a beer is great, but reading a book, writing a story, or watching a good film is even better. I hate guns and evil political leaders, racist people too. I love good people. Children are the most precious thing in the world. I aim to shoot a feature film based on one of my stories." Edmundo is married to Consuelo Barraza. They have a daughter and a son, Michelle Solano and Carlos Barraza.

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