QUIERO

Quiero volver a nacer.

Quiero ser niño otra vez.

Quiero ser adolescente otra vez.

Quiero montar una motocicleta o un caballo.

Quiero ser ciudadano universal. Sin color ni bandera.

Quiero noches turbulentas y días acelerados.

Quiero defender a las injusticias y ofender a los injustos.

Quiero vivir sin morir.

Quiero a Diego (sin derramar una lágrima).

Quiero derramar muchas lágrimas sin sentirme triste.

Quiero ahuyentar las tristezas e invitar emociones.

Quiero nadar en el Amazonas y en el Nilo.

Quiero nadar hasta la luna.

Quiero más poesía, más libros y más música.

Quiero vicios sin adicción.

Quiero experimentar contigo y sin ti.

Quiero alas y volar al centro de la Tierra.

Quiero conocer el cielo y el infierno y luego decidir qué es lo que quiero.

Quiero una eternidad efímera que dure un segundo y continuar viviendo un siglo más.

Quiero el abrazo de un niño.

Quiero necesitar amor.

Quiero que me echen de menos, pero antes de morir, no después.

Quiero conjugar todos los verbos, pero con acciones.

Quiero que Dios exista y que la maldad desaparezca.

Quiero que Dios sea mujer y nos guíe mejor.

Quiero amor en todos los corazones.

Quiero que el amor sea la moneda de cambio.

Quiero lanzarme en paracaídas y nunca caer.

Quiero descubrir héroes reales.

Quiero ser el héroe y el villano de tu película.

Quiero correr un maratón alrededor del mundo.

Quiero ser vampiro y morderte el cuello.

Quiero cancelar el odio, la envidia y el rencor.

Quiero escenas bonitas y noticias buenas.

Quiero mil cosas para ti y nada para mí.

Quiero que los niños sean inmunes al dolor y al sufrimiento.

Quiero repartir mi amor y compartir tu dolor.

Quiero donar mi corazón para que siga creciendo.

Quiero pedir perdón sin mencionar mis pecados.

Quiero que el futuro esté presente cuando mi pasado sea juzgado.

Y aunque parezca difícil.

Quiero ser bueno. 

The End

Edmundo Barraza

Lancaster, CA.

Aug-2015

(In the photograph: My wife and I.)

SE RENTAN NUBES

INTRODUCCION

Un niño sueña con una vida mejor para sus padres y su hermana menor cuando una grave sequía afecta a su pequeño campo y amenaza el modo de vida de la familia. El padre está al borde de la desesperación, pero sus hijos tienen influencias más allá de las nubes y su fe es inquebrantable.

*****

El paisaje no podía ser más horrendo ni más devastador. La tierra se veía triste y gris, y su aridez era muy profunda.

Así era la tierra de mi padre en esos tiempos. Seguía siendo tierra fértil, sólo que esa fertilidad necesitaba agua, agua que venía escaseando desde que yo nací. Hace once años que no llovía. La tristeza era visible en el rostro de mi padre y se comenzaba a parecer a su propia tierra, pues ya se le notaban surcos áridos en la frente y alrededor de sus ojos.

Cualquier desierto podría tener más vida. De seguro había desiertos en el mundo con más alegría, tierras áridas, pero llenas de orgullo y acostumbradas a vivir sin agua. Tierras desintegradas y convertidas por el extremo calor en granos de arena, imposibles de crear vida y alimento.

Me daba mucho gusto ver a mi padre feliz, pero su felicidad era cada vez más escasa y paulatina. A veces, antes de irnos a dormir, salía de la casa y veía al cielo, esperanzado de que las nubes fueran más sociables y amistosas y que al fin se reunieran a festejar algún milagro. El milagro de la lluvia. Pero al día siguiente, la tristeza de mi padre se intensificaba al ver sus tierras desoladas y secas. El agua comunal ya no existía; el río sólo parecía una vena vacía y seca, por la cual ya no corría ni una gota de sangre. Estaba tan muerto como la esperanza misma de las gentes de los alrededores; algunos vecinos ya se empezaban a ir a las ciudades.

Y yo le rogaba a Dios, le rezaba y le imploraba que mandara agua, porque me dolía mucho en el corazón ver a mi padre cada vez más triste. Él no se daba cuenta de que yo notaba todo; tampoco se fijaba en que yo veía que el vaso de agua que tomaba para apagar su insaciable sed no se lo terminaba, y le iba a echar el último trago a la plantita de la maceta que teníamos en mi ventana.

Y yo veía en las noticias cómo en otras partes del mundo había inundaciones, huracanes y lluvias torrenciales que arrasaban todo a su paso. Y yo le preguntaba a Dios por qué era tan injusto y no repartía sus exageraciones, y por qué no traía un poco de los excesos de allá a las escaseces de acá. Y porque la gente más pobre era siempre la más afectada por todas las miserias que el mundo padecía.

Pensando en eso, se me ocurrió que debería haber una forma de juntar las nubes y forzarlas, de alguna manera, a que soltaran sus aguas en algún lugar específico, no para el placer de sólo ver llover, sino para satisfacer el hambre y las necesidades más elementales de la gente del campo. Además, mi hermanita de tres años nunca había visto llover. Y así me fui a dormir una noche, pensando en cómo lograr traer las lluvias y devolverle la felicidad a mi papá.

Y esa noche soñé con “Nube Mojada”, el jefe apache de la tribu “sinsolnisombra” que me enseñaba la danza de la lluvia. Su poder sobrenatural de atraer las nubes ya había rebasado fronteras. Las inmensas tierras de su tribu las envidiaba el mismo paraíso celestial. No sé cómo, pero en mi mismo sueño me daba cuenta de que estaba soñando, aunque todo se veía auténtico; me daba cuenta de que todo era irreal. Y eso me obligaba a poner más atención para aprenderme al cien por ciento la danza de la lluvia, para aplicarla al día siguiente en las tierras de mi papá.

Pues sí, me la aprendí y en la mañana, antes de irme a la escuela, antes de bañarme y antes de desayunar, ejecuté el baile tan auténtico como pude. Con una olla y una cuchara traté de imitar el ritmo de los tambores. Todo estaba bien hasta que mi mamá me agarró de la oreja y me metió a casa, diciendo que me iba a llevar al manicomio si no me comportaba como una persona normal.

Por el río no había corrido agua desde hacía tres años; tampoco mi hermanita sabía qué era un río. Me imagino que si soltaban agua de la presa o del lago, o de donde salía el agua del río, solo alcanzaría a humedecer por unos segundos la tierra tan muerta de sed por tantos años. Estoy seguro de que nosotros estábamos a muchos kilómetros de donde naciera el agua. Y cada vez que pasaba por el río vacío, desquebrajado y seco, me acordaba de mi papá y de su corazón.

Un día vi a mi papá con una vara en forma de “Y” caminando incansablemente por todo el rancho. Según él, buscando agua subterránea, lo único que encontró fue una sed inmensa en su garganta. Decepcionado, se fue a sentar a la sombra flaca del último árbol vivo que nos quedaba. Tal vez necesitaba una vara más grande, mucho más grande.

La preocupación de mi papá se me había contagiado; ya solo pensaba en nuestra gran escasez de agua, día y noche. Antes de dormir, mi mente le daba vueltas a mis pensamientos y, durante horas, solo veía agua en mi mente. Una mañana desperté con buenas noticias en la televisión. Habían encontrado la forma de hacer llover, según esto habían inventado un imán de nubes. Este imán reunía nubes en un par de horas y luego le lanzaban cañonazos o misiles desde la tierra, que explotaban sobre las nubes, obligándolas a soltar el agua del susto. Pero todo esto acabó repentinamente cuando empezaron las guerras civiles entre pueblos vecinos, pues reclamaban que les habían robado sus nubes. Y aun así, cada vez aparecían imanes más grandes y poderosos. Hasta que el gobierno los prohibió.

Y por supuesto, yo despertaba de mis sueños fantásticos cada vez más decepcionado. Aunque eso de los imanes me parecía una buena idea.

Nuestra preocupación creció cuando el agua para bañarnos ya se consideraba un desperdicio. En la casa ya no había macetas con plantas vivas, los perros ya no sacaban la lengua para no sudar, y así ahorraban vueltas a sus recipientes secos.

Por las noches yo ya no rezaba ni conversaba con Dios, en lugar de eso, le reclamaba y le reprochaba sin ningún temor o respeto que se bajara de su nube y nos la prestara por tan solo un rato, y le recriminaba lo que había aprendido en la escuela: setenta y uno por ciento de la superficie de la tierra contiene noventa y siete por ciento del agua en el planeta.

Y le preguntaba porque no la distribuía equitativamente, o aunque sea que le quite la sal al agua del mar y haga un millón de ríos nuevos, y luego el calor del sol podría evaporar parte de esta agua y luego esta evaporación convertirse en nubes y luego en lluvia y luego la lluvia regresaría a los ríos y así sucesivamente, un ciclo bonito e interminable. Y así, con tanta agua de lluvia, el mundo entero se convertiría en un paraíso terrenal y ya nadie le pediría nada, y él estaría en paz descansando por toda la eternidad, o podría irse a otros universos a crear vida nueva con otro Adán y otra Eva. No creo que sea tan complicado para Dios.

Viéndolo bien, podríamos mudarnos a donde haya muchas inundaciones y, por lo menos, nos desaburriríamos de esta sequedad tan terrible. Mi papá dice que eso está muy complicado y que necesitaríamos, al menos, diez años para adaptarnos a un cambio tan drástico. Y yo digo que me gustaría haber nacido en medio del agua, y que dentro de diez años vamos a seguir sin agua ni lluvia. Y él dice que me calle y que no eche la sal.

Ya no quiero dormir, ya no quiero soñar. O bueno, siempre si, si quiero soñar, quiero soñar que amanezco ahogado en un inmenso lago de agua dulce y fresca, bueno no ahogado, quiero disfrutar más mi felicidad y ver la cara de mi papá sin arrugas y sin surcos, quiero ver su cara con una sonrisa eterna, que salga a brincar junto conmigo en la lluvia, mirando al cielo con nuestras bocas abiertas, y recibir el agua dentro de nuestras almas y corazones y dejar que corra por todas nuestras venas. Eso es lo que quiero. Soñar y ya no despertar.

Pero vuelvo a despertar. Y creo que estoy escuchando que llueve. Pero no me entusiasmo porque sé que estoy soñando. Pero escucho a mi padre y a mi hermanita gritar afuera, brincando y riendo bajo la lluvia. Y luego mi madre se acerca a mi cama y me pide la mano y me dice que me levante y vaya a ver cuánta lluvia está cayendo. Y le contesto que no quiero porque estoy dormido y soñando. Hasta que regresa con una cubeta llena de agua y me la vacía en la cara. Y entonces sí despierto y me levanto y voy a festejar el milagro de la lluvia. Y brincamos todos juntos, agarrados de la mano, y nos cansamos, pero ya no nos da sed.

Y me voy a dormir y vuelvo a despertar y sigue lloviendo.

Y sigue lloviendo.

© Copyright 2023

Edmundo Barraza

Lancaster, CA.

Sept-2014

PROSA PROSAICA

Amor leal y promiscuo hacia el barrio de mi juventud.

La colonia Moderna, un nombre perfectamente inadecuado. Mi vecina, la Plaza de Toros Torreón, coloso de cemento, infernal y abominable, pero a mí me parecía perfecta y con una capacidad inverosímil. (Ojos neófitos e infantiles). Las corridas de toros y la lucha libre, espectáculos al alcance de todos, entrada a los niños: un peso. Siempre deseando ver a los dos el mismo día, en la misma arena y al mismo tiempo.

El Canal del Coyote, río en miniatura, escaso y sucio, para mis ojos de niño aventurero, el tajo era el río Nilo y el Amazonas juntos; ahí aprendí a nadar (esquivando perros muertos).

Cada cuadra era un potencial campo de fútbol; mi felicidad era desmesurada: cada día, un nuevo aprendizaje, nuevos juegos, nuevos trucos. El trompo, el Yo-Yo, el valero, la resortera, el velit y muchos más, todos accesibles y baratos. Juegos para niños de barrios pobres. Los de la colonia Torreón Jardín nunca supe a qué jugaban.

El juego del bote, el pozito matón, el quinceado, el chinchilagua y el del tacón empujando una moneda. Si no estuviste ahí, no me has entendido, pero si fuiste pobre, lo sabes todo. Tal vez solo con nombres diferentes. Si fuiste pobre, fuiste afortunado.

Los domingos sin un veinte en la bolsa, con lágrimas en los ojos y la panza llena de hambre. Me acostumbré a esa hambre; ahora no me molesta ni me preocupa y hasta la disfruto. Para los niños pobres, la respuesta a sus peticiones siempre era después, siempre después. Debo afirmar que esto no fue constante.

Después, fui empujado a la iglesia, a la religión y a la aburrición. Eso nunca me benefició en nada. Nomás era entrar a la iglesia y me entraba un letargo insoportable. Renuncié y me rebelé, nunca jamás asistí, y seguí siendo bueno.

Caminar a la escuela veinte cuadras solo para ahorrarme veinte centavos del autobús y así comprarme una gordita del Mercado Juárez de regreso a casa. Caminando también. Y si no era la gordita, tal vez podía escuchar una canción en la rockola de la Plaza de Armas.

En la escuela, todas las niñas eran inalcanzables y mi timidez era inmensa. Mi corazón deambulaba solitario y abandonado.

Luego descubrí la música, los Beatles, los Monkees, Creedence. Cosa rara, para mí sólo inglés y nada más. El rock and roll se metió en mis entrañas y allí permanecería hasta que yaciera en mi frío féretro. Luego, lo inherente al rock, a los conciertos, a los experimentos, a la convivencia, eso nunca llegó. Ni en sueños. No por mucho tiempo.

Escuela, libros, cine, fútbol, todo esto sí me gustó. La vagancia me agradó aún más; el billar y mis amigos lo cambiaba por todo. Luego, una cerveza, un cigarro y todo se veía mejor (qué percepción tan absurda). El cine me gustó desde el principio. (Otra frustración de falso pueblo puritano.) Yo, deseando ver Vaquero de Medianoche (Midnight Cowboy), ni siquiera me permitían entrar a ver las de James Bond. Podía comprar tequila, emborracharme, fumar y hacer otras cosas peores, pero no podía ni ver al 007.

Luego, mis años de calentura, siempre deseando inventar un aparato que me permitiera ver a las muchachas en toda su gloria, algo así como unos lentes con los que pudiera verlas sin tanta ropa. Curiosidad diaria e insaciable. Luego aprendí a usar la imaginación para satisfacer esa curiosidad.

Mi primer encuentro sexual, nada vale la pena mencionar. Irrelevante, frío y olvidable. Después aprendí, practiqué y combiné el amor y el placer y todo mejoró.

Mi padre, lejano, ajeno, bueno, siempre bueno, él deseando ser admirado y yo deseando ser considerado. Mi buen padre, con sus sueños dormidos y anhelados. Suena familiar.

Mi madre, siempre ocupada y preocupada, convidando amor, cuidados y dulzura, nunca egoísta, con su corazón desbordado de cariño hacia el prójimo y repartiendo su sabiduría escasa y excusada.

Aun así, con todas las carencias y privaciones, mi vida en Torreón fue increíblemente feliz. Amo a mi familia, a mi barrio y a mi juventud.

Y si tuviera otra oportunidad, regresaría y haría todo igual.

(Tenía diecisiete años en esa foto.)

Edmundo Barraza

Visalia, CA.

Mar-2012

MARCELINO

En el México de mi infancia, en el México donde crecí, todos los barrios marginales tenían uno. Sus familias los escondían, con mucha vergüenza, en las habitaciones traseras de sus casas. Les ponían diferentes nombres: lunático, loco, desquiciado, chiflado, demente o cosas peores.


Mi madre me enseñó a ser respetuoso con todos y a no reírme nunca de nadie con deficiencias mentales o físicas. Aprendí de su ejemplo.


En mi barrio pobre, tenía un amigo de mi edad; él tenía un hermano que la mayoría del barrio ni siquiera sabía que existía. Lo mantenían apartado y recluido en una pequeña habitación detrás de la cocina. Tenía la cara deformada. Nunca pude adivinar su edad y tenía una discapacidad mental. Solo lo vi una vez y me entristeció su desgracia. Sé que no suena bien, pero cuando vi a Quasimodo en el cine, me recordó a él. El pobre niño tenía que depender al cien por ciento de sus padres.

Luego estaba Marcelino; él era un poco menos dependiente, pero cualquiera podía ver a kilómetros de distancia que padecía de alguna deficiencia mental. Podía trabajar. (más o menos) Necesitaba trabajar para mantener a su hermana menor y a su madre (como descubrí más tarde).


No vivía en mi barrio. Solo lo veía cada dos o tres semanas. Ese era el tiempo que tardaba en recorrer su ruta. A veces lo veía en otras partes de la ciudad, pero siempre en las zonas más pobres. No conocía a su familia ni sabía dónde vivía. Tenía curiosidad por saber dónde dormía. Marcelino a veces cambiaba de ruta para evitar las verduras podridas y otros desperdicios que cruelmente le arrojaban algunos niños y hombres de todas las edades. De vez en cuando, algunas señoras lo defendían, pero su presencia nunca era permanente.



Yendo de puerta en puerta, Marcelino ofrecía cantar tu canción favorita a cambio de unas monedas o de un taco de las sobras de la comida. A veces también preguntaba si tenías un viejo disco de 45 rpm para su tocadiscos. Podías pedir tu canción favorita, pero él te cantaba la que a él se le antojaba. De cualquier manera, nunca se le entendía nada. Además, su repertorio era muy limitado.


Llevaba una caja de madera con un clavo oxidado que sobresalía del centro. Probablemente era su única posesión rescatada de algún callejón. Por diez centavos te cantaba una canción. No cantaba nada, solo tarareaba y murmuraba la misma melodía sin importar la petición. Con sus dedos regordetes, daba vueltas a sus discos preciados en la caja de madera y tocaba tu canción.

Para hacerlo enojar y burlarse de él, los niños mayores del barrio le arrebataban los discos a Marcelino, los lanzaban por encima de su cabeza hacia otro niño y lo hacían perseguirlos hasta que alguien finalmente dejaba caer uno. Marcelino lo recogía, lo limpiaba con su camisa sucia y se dirigía de nuevo a su tocadiscos para empezar a cantar de nuevo.

Su mente era demasiado lenta para darse cuenta, pero tenía una inocencia excesiva; siempre caía en sus bromas. Cuando lo veían a una cuadra de distancia, los niños subían a los árboles y a los techos. Cuando Marcelino estaba lo suficientemente cerca, saltaban de sus escondites para echarle agua o cáscaras de sandía, huevos podridos, tomates o cualquier cosa que tuvieran a la mano.


Nuestras madres lo defendían, pero no se daban cuenta de que años antes habían sembrado el resentimiento en nuestras pequeñas mentes, diciéndonos: “Si no me obedeces, Marcelino te va a llevar”. Comparándolo con el coco, ‘te va a llevar el coco”


Yo no era ningún santo; también era travieso. A menudo esperaba agazapado en mi balcón, armado con ligas y cáscaras de naranja, listo para que las víctimas desafortunadas pasaran por delante de mi casa. Sí, a veces yo también fui travieso y pícaro, pero era selectivo. Yo evitaba a las viejitas, a las niñas guapas y a Marcelino.


Cuando su ruta lo llevaba a mi casa, yo corría con mi mamá para que preparara un taco con lo que hubiéramos comido. O a veces me daba diez centavos, pero mi mamá nunca se negaba. Algunos días, Marcelino aparecía con moretones o raspones en la cara y en los brazos, y entonces le pagábamos dos canciones. Todo el mundo sabía que cuando estaba ensangrentado era porque alguien se había pasado de la raya, y algunos se sentían mal por ello. Sin embargo, toda esa compasión era temporal y se desvanecía antes de que él se fuera al siguiente barrio.


Algunos domingos, mi padre me daba dinero para ir a la iglesia y nunca se me ocurrió usarlo para mi propio placer. Nunca lo guardé para mí, ni una sola vez, excepto para dárselo a Marcelino cuando estaba golpeado y derrotado.


Cantaba canciones desconocidas o inventadas en el momento, según lo que se le ocurría. Nunca entendíamos la letra. Pero había una que cantaba casi siempre y sonaba como una canción de cuna. Si le pedías esa, sonreía con picardía porque él también sabía que era la mejor de su repertorio. Mientras tarareaba esa triste melodía, se veía un poco de felicidad en sus ojos.


Tenía la piel oscura por haber pasado toda su vida bajo el sol. Estaba eternamente bronceado; no, esa no es la palabra adecuada. Estaba eternamente quemado por el sol. Se notaba que tenía una fuerza extraordinaria. Tenía la fuerza de un campesino trabajador, pero nunca la usaba a plenitud para defenderse, porque rápidamente podía ser castigado por la ley o superado por todo el montón de chiquillos.

Nunca podía ganar; siempre estaba solo. Pasara lo que pasara, él sería el culpable, incluso si ganara, pero nunca podía ganar. Y nunca ganó. Nadie podía ponerse de su parte en esos casos. Los lunáticos y chiflados siempre eran los perdedores en esta parte de la ciudad y en cualquier otra. Si actuaba ‘irracionalmente’, su destino final podía ser la cárcel, el hospital o el cementerio.


A veces intentábamos adivinar su edad, pero resultaba difícil. Nuestras estimaciones oscilaban entre los veinte y los cuarenta y cinco años. Pero su mente era la de un niño de siete años. Se me salen las lágrimas solo de pensarlo.


A pesar de los abusos constantes, Marcelino seguía siendo inocente. Lo digo porque era fácil hacerlo sonreír. No pedía mucho. Si le sonreías, sabía que eras su amigo, pero lo olvidaba fácilmente y, al minuto siguiente, volvías a ser su enemigo. Le costaba confiar en las personas porque había sufrido abusos durante mucho tiempo.


Uno de los niños de mi edad era increíblemente cruel con él. Años más tarde, ese niño, ya más grande, quiso salir con mi hermana, pero yo le aconsejé a mi hermana que no lo aceptara. Me alegré cuando ella siguió mi consejo.


Una vez, salí de mi casa y enseguida supe que ya había pasado y me lo había perdido cuando vi muchos pedacitos de plástico negro y duro en el suelo. Estaba seguro de que era uno de sus discos.


Con el paso del tiempo, vi menos a Marcelino. En invierno, casi todo el mundo se había olvidado de él, excepto yo. Echaba de menos sus murmullos oxidados y su sonrisa desdentada. Después de pedirle perdón a mi hermano mayor por haber dejado deliberadamente sus discos al sol y deformarlos, le pregunté si podía dárselos a Marcelino. Mi hermano accedió e inmediatamente me puse a buscar a Marcelino.

Mis piernitas cortas apenas lograron aguantar para caminar hasta el otro lado de la ciudad y encontrar a Marcelino. Él vivía en una modesta casita a la que ya se le habían hecho todas las reparaciones posibles. Una anciana abrió la puerta: “Sí, Marcelino vive aquí. Hace unos meses le amputaron una pierna; uno de sus moretones nunca se curó”, me dijo. Y yo, demasiado asustado, le dejé los discos y regresé a casa. Sabía que me iba a dar mucha lástima verlo aún más deteriorado que de costumbre.

Cuando llegó el verano, apareció Marcelino con una pierna de madera y muletas. Al cuello llevaba colgado el tocadiscos con una cuerda y, colgando de la cadera, sus discos de 45 rpm en una bolsa de tela. Me alegré de volver a verlo, pero me entristeció profundamente verlo en ese estado. Su nuevo aspecto ablandó los corazones de muy pocos.


Nunca aprendió a evitar el callejón de los verduleros, donde los hombres se burlaban de él y le preguntaban si tenía mujer o si había estado alguna vez con una mujer. Y ahora, les parecía divertido verlo cojear por la calle y brincar en un solo pie para recoger su muleta que le acababan de arrojar.


Un día, vi a un niño de unos trece años jugando con la hija pequeña de mi vecino desde el balcón de mi casa. El niño lanzaba a la niña al aire y luego la cachaba y ambos se reían. De repente, el perro de la niña gruñó y acorraló al niño contra la cerca. Cuando la niña empezó a gritar, Marcelino apareció en la puerta y golpeó al perro con su muleta. El perro saltó entonces sobre el cuello de Marcelino y el niño, asustado por creer que había sido culpa suya, empezó a gritar. Inmediatamente, la gente acudió de todas partes.


El niño dijo que Marcelino intentaba llevarse a la niña.


¿Fue el perro o la multitud enfurecida quien acabó con la vida de Marcelino? Al final, nadie lo supo y a nadie le importó.


Toda la gente le creyó al niño. Yo insistía en que yo había sido testigo y que decía la verdad, pero todos me ignoraron. Al fin y al cabo, el perro estaba defendiendo a la hija de su amo.

Solo mi mamá y mi papá sabían que yo decía la verdad, pero todo era inútil. Marcelino ya había muerto.


Solo unas pocas personas asistieron a su funeral. Allí, en el panteón, se me partió el corazón al escuchar a su madre cantar una hermosa canción. Sonaba como una canción de cuna.


Era la misma canción que escuché a Marcelino tararear docenas de veces durante mi infancia.

THE END



Le conté esta historia por primera vez a mi hija Michelle cuando tenía unos siete u ocho años. Más tarde, ella la escribió en la escuela para un proyecto escolar. La mayor parte de la historia ocurrió en la vida real cuando yo tenía once o doce años. Lo increíble fue que mi hija escribiera la historia siete años después con tanto detalle. Yo solo añadí algunos párrafos y cambié el final.



Edmundo Barraza / Michelle Solano
Lancaster, California.
Julio-2014