QUIERO

Quiero volver a nacer.

Quiero ser niño otra vez.

Quiero ser adolescente otra vez.

Quiero montar una motocicleta o un caballo.

Quiero ser ciudadano universal. Sin color ni bandera.

Quiero noches turbulentas y días acelerados.

Quiero defender a las injusticias y ofender a los injustos.

Quiero vivir sin morir.

Quiero a Diego (sin derramar una lágrima).

Quiero derramar muchas lágrimas sin sentirme triste.

Quiero ahuyentar las tristezas e invitar emociones.

Quiero nadar en el Amazonas y en el Nilo.

Quiero nadar hasta la luna.

Quiero más poesía, más libros y más música.

Quiero vicios sin adicción.

Quiero experimentar contigo y sin ti.

Quiero alas y volar al centro de la Tierra.

Quiero conocer el cielo y el infierno y luego decidir qué es lo que quiero.

Quiero una eternidad efímera que dure un segundo y continuar viviendo un siglo más.

Quiero el abrazo de un niño.

Quiero necesitar amor.

Quiero que me echen de menos, pero antes de morir, no después.

Quiero conjugar todos los verbos, pero con acciones.

Quiero que Dios exista y que la maldad desaparezca.

Quiero que Dios sea mujer y nos guíe mejor.

Quiero amor en todos los corazones.

Quiero que el amor sea la moneda de cambio.

Quiero lanzarme en paracaídas y nunca caer.

Quiero descubrir héroes reales.

Quiero ser el héroe y el villano de tu película.

Quiero correr un maratón alrededor del mundo.

Quiero ser vampiro y morderte el cuello.

Quiero cancelar el odio, la envidia y el rencor.

Quiero escenas bonitas y noticias buenas.

Quiero mil cosas para ti y nada para mí.

Quiero que los niños sean inmunes al dolor y al sufrimiento.

Quiero repartir mi amor y compartir tu dolor.

Quiero donar mi corazón para que siga creciendo.

Quiero pedir perdón sin mencionar mis pecados.

Quiero que el futuro esté presente cuando mi pasado sea juzgado.

Y aunque parezca difícil.

Quiero ser bueno. 

The End

Edmundo Barraza

Lancaster, CA.

Aug-2015

(In the photograph: My wife and I.)

PROSA PROSAICA

Amor leal y promiscuo hacia el barrio de mi juventud.

La colonia Moderna, un nombre perfectamente inadecuado. Mi vecina, la Plaza de Toros Torreón, coloso de cemento, infernal y abominable, pero a mí me parecía perfecta y con una capacidad inverosímil. (Ojos neófitos e infantiles). Las corridas de toros y la lucha libre, espectáculos al alcance de todos, entrada a los niños: un peso. Siempre deseando ver a los dos el mismo día, en la misma arena y al mismo tiempo.

El Canal del Coyote, río en miniatura, escaso y sucio, para mis ojos de niño aventurero, el tajo era el río Nilo y el Amazonas juntos; ahí aprendí a nadar (esquivando perros muertos).

Cada cuadra era un potencial campo de fútbol; mi felicidad era desmesurada: cada día, un nuevo aprendizaje, nuevos juegos, nuevos trucos. El trompo, el Yo-Yo, el valero, la resortera, el velit y muchos más, todos accesibles y baratos. Juegos para niños de barrios pobres. Los de la colonia Torreón Jardín nunca supe a qué jugaban.

El juego del bote, el pozito matón, el quinceado, el chinchilagua y el del tacón empujando una moneda. Si no estuviste ahí, no me has entendido, pero si fuiste pobre, lo sabes todo. Tal vez solo con nombres diferentes. Si fuiste pobre, fuiste afortunado.

Los domingos sin un veinte en la bolsa, con lágrimas en los ojos y la panza llena de hambre. Me acostumbré a esa hambre; ahora no me molesta ni me preocupa y hasta la disfruto. Para los niños pobres, la respuesta a sus peticiones siempre era después, siempre después. Debo afirmar que esto no fue constante.

Después, fui empujado a la iglesia, a la religión y a la aburrición. Eso nunca me benefició en nada. Nomás era entrar a la iglesia y me entraba un letargo insoportable. Renuncié y me rebelé, nunca jamás asistí, y seguí siendo bueno.

Caminar a la escuela veinte cuadras solo para ahorrarme veinte centavos del autobús y así comprarme una gordita del Mercado Juárez de regreso a casa. Caminando también. Y si no era la gordita, tal vez podía escuchar una canción en la rockola de la Plaza de Armas.

En la escuela, todas las niñas eran inalcanzables y mi timidez era inmensa. Mi corazón deambulaba solitario y abandonado.

Luego descubrí la música, los Beatles, los Monkees, Creedence. Cosa rara, para mí sólo inglés y nada más. El rock and roll se metió en mis entrañas y allí permanecería hasta que yaciera en mi frío féretro. Luego, lo inherente al rock, a los conciertos, a los experimentos, a la convivencia, eso nunca llegó. Ni en sueños. No por mucho tiempo.

Escuela, libros, cine, fútbol, todo esto sí me gustó. La vagancia me agradó aún más; el billar y mis amigos lo cambiaba por todo. Luego, una cerveza, un cigarro y todo se veía mejor (qué percepción tan absurda). El cine me gustó desde el principio. (Otra frustración de falso pueblo puritano.) Yo, deseando ver Vaquero de Medianoche (Midnight Cowboy), ni siquiera me permitían entrar a ver las de James Bond. Podía comprar tequila, emborracharme, fumar y hacer otras cosas peores, pero no podía ni ver al 007.

Luego, mis años de calentura, siempre deseando inventar un aparato que me permitiera ver a las muchachas en toda su gloria, algo así como unos lentes con los que pudiera verlas sin tanta ropa. Curiosidad diaria e insaciable. Luego aprendí a usar la imaginación para satisfacer esa curiosidad.

Mi primer encuentro sexual, nada vale la pena mencionar. Irrelevante, frío y olvidable. Después aprendí, practiqué y combiné el amor y el placer y todo mejoró.

Mi padre, lejano, ajeno, bueno, siempre bueno, él deseando ser admirado y yo deseando ser considerado. Mi buen padre, con sus sueños dormidos y anhelados. Suena familiar.

Mi madre, siempre ocupada y preocupada, convidando amor, cuidados y dulzura, nunca egoísta, con su corazón desbordado de cariño hacia el prójimo y repartiendo su sabiduría escasa y excusada.

Aun así, con todas las carencias y privaciones, mi vida en Torreón fue increíblemente feliz. Amo a mi familia, a mi barrio y a mi juventud.

Y si tuviera otra oportunidad, regresaría y haría todo igual.

(Tenía diecisiete años en esa foto.)

Edmundo Barraza

Visalia, CA.

Mar-2012

MARCELINO

En el México de mi infancia, en el México donde crecí, todos los barrios marginales tenían uno. Sus familias los escondían, con mucha vergüenza, en las habitaciones traseras de sus casas. Les ponían diferentes nombres: lunático, loco, desquiciado, chiflado, demente o cosas peores.


Mi madre me enseñó a ser respetuoso con todos y a no reírme nunca de nadie con deficiencias mentales o físicas. Aprendí de su ejemplo.


En mi barrio pobre, tenía un amigo de mi edad; él tenía un hermano que la mayoría del barrio ni siquiera sabía que existía. Lo mantenían apartado y recluido en una pequeña habitación detrás de la cocina. Tenía la cara deformada. Nunca pude adivinar su edad y tenía una discapacidad mental. Solo lo vi una vez y me entristeció su desgracia. Sé que no suena bien, pero cuando vi a Quasimodo en el cine, me recordó a él. El pobre niño tenía que depender al cien por ciento de sus padres.

Luego estaba Marcelino; él era un poco menos dependiente, pero cualquiera podía ver a kilómetros de distancia que padecía de alguna deficiencia mental. Podía trabajar. (más o menos) Necesitaba trabajar para mantener a su hermana menor y a su madre (como descubrí más tarde).


No vivía en mi barrio. Solo lo veía cada dos o tres semanas. Ese era el tiempo que tardaba en recorrer su ruta. A veces lo veía en otras partes de la ciudad, pero siempre en las zonas más pobres. No conocía a su familia ni sabía dónde vivía. Tenía curiosidad por saber dónde dormía. Marcelino a veces cambiaba de ruta para evitar las verduras podridas y otros desperdicios que cruelmente le arrojaban algunos niños y hombres de todas las edades. De vez en cuando, algunas señoras lo defendían, pero su presencia nunca era permanente.



Yendo de puerta en puerta, Marcelino ofrecía cantar tu canción favorita a cambio de unas monedas o de un taco de las sobras de la comida. A veces también preguntaba si tenías un viejo disco de 45 rpm para su tocadiscos. Podías pedir tu canción favorita, pero él te cantaba la que a él se le antojaba. De cualquier manera, nunca se le entendía nada. Además, su repertorio era muy limitado.


Llevaba una caja de madera con un clavo oxidado que sobresalía del centro. Probablemente era su única posesión rescatada de algún callejón. Por diez centavos te cantaba una canción. No cantaba nada, solo tarareaba y murmuraba la misma melodía sin importar la petición. Con sus dedos regordetes, daba vueltas a sus discos preciados en la caja de madera y tocaba tu canción.

Para hacerlo enojar y burlarse de él, los niños mayores del barrio le arrebataban los discos a Marcelino, los lanzaban por encima de su cabeza hacia otro niño y lo hacían perseguirlos hasta que alguien finalmente dejaba caer uno. Marcelino lo recogía, lo limpiaba con su camisa sucia y se dirigía de nuevo a su tocadiscos para empezar a cantar de nuevo.

Su mente era demasiado lenta para darse cuenta, pero tenía una inocencia excesiva; siempre caía en sus bromas. Cuando lo veían a una cuadra de distancia, los niños subían a los árboles y a los techos. Cuando Marcelino estaba lo suficientemente cerca, saltaban de sus escondites para echarle agua o cáscaras de sandía, huevos podridos, tomates o cualquier cosa que tuvieran a la mano.


Nuestras madres lo defendían, pero no se daban cuenta de que años antes habían sembrado el resentimiento en nuestras pequeñas mentes, diciéndonos: “Si no me obedeces, Marcelino te va a llevar”. Comparándolo con el coco, ‘te va a llevar el coco”


Yo no era ningún santo; también era travieso. A menudo esperaba agazapado en mi balcón, armado con ligas y cáscaras de naranja, listo para que las víctimas desafortunadas pasaran por delante de mi casa. Sí, a veces yo también fui travieso y pícaro, pero era selectivo. Yo evitaba a las viejitas, a las niñas guapas y a Marcelino.


Cuando su ruta lo llevaba a mi casa, yo corría con mi mamá para que preparara un taco con lo que hubiéramos comido. O a veces me daba diez centavos, pero mi mamá nunca se negaba. Algunos días, Marcelino aparecía con moretones o raspones en la cara y en los brazos, y entonces le pagábamos dos canciones. Todo el mundo sabía que cuando estaba ensangrentado era porque alguien se había pasado de la raya, y algunos se sentían mal por ello. Sin embargo, toda esa compasión era temporal y se desvanecía antes de que él se fuera al siguiente barrio.


Algunos domingos, mi padre me daba dinero para ir a la iglesia y nunca se me ocurrió usarlo para mi propio placer. Nunca lo guardé para mí, ni una sola vez, excepto para dárselo a Marcelino cuando estaba golpeado y derrotado.


Cantaba canciones desconocidas o inventadas en el momento, según lo que se le ocurría. Nunca entendíamos la letra. Pero había una que cantaba casi siempre y sonaba como una canción de cuna. Si le pedías esa, sonreía con picardía porque él también sabía que era la mejor de su repertorio. Mientras tarareaba esa triste melodía, se veía un poco de felicidad en sus ojos.


Tenía la piel oscura por haber pasado toda su vida bajo el sol. Estaba eternamente bronceado; no, esa no es la palabra adecuada. Estaba eternamente quemado por el sol. Se notaba que tenía una fuerza extraordinaria. Tenía la fuerza de un campesino trabajador, pero nunca la usaba a plenitud para defenderse, porque rápidamente podía ser castigado por la ley o superado por todo el montón de chiquillos.

Nunca podía ganar; siempre estaba solo. Pasara lo que pasara, él sería el culpable, incluso si ganara, pero nunca podía ganar. Y nunca ganó. Nadie podía ponerse de su parte en esos casos. Los lunáticos y chiflados siempre eran los perdedores en esta parte de la ciudad y en cualquier otra. Si actuaba ‘irracionalmente’, su destino final podía ser la cárcel, el hospital o el cementerio.


A veces intentábamos adivinar su edad, pero resultaba difícil. Nuestras estimaciones oscilaban entre los veinte y los cuarenta y cinco años. Pero su mente era la de un niño de siete años. Se me salen las lágrimas solo de pensarlo.


A pesar de los abusos constantes, Marcelino seguía siendo inocente. Lo digo porque era fácil hacerlo sonreír. No pedía mucho. Si le sonreías, sabía que eras su amigo, pero lo olvidaba fácilmente y, al minuto siguiente, volvías a ser su enemigo. Le costaba confiar en las personas porque había sufrido abusos durante mucho tiempo.


Uno de los niños de mi edad era increíblemente cruel con él. Años más tarde, ese niño, ya más grande, quiso salir con mi hermana, pero yo le aconsejé a mi hermana que no lo aceptara. Me alegré cuando ella siguió mi consejo.


Una vez, salí de mi casa y enseguida supe que ya había pasado y me lo había perdido cuando vi muchos pedacitos de plástico negro y duro en el suelo. Estaba seguro de que era uno de sus discos.


Con el paso del tiempo, vi menos a Marcelino. En invierno, casi todo el mundo se había olvidado de él, excepto yo. Echaba de menos sus murmullos oxidados y su sonrisa desdentada. Después de pedirle perdón a mi hermano mayor por haber dejado deliberadamente sus discos al sol y deformarlos, le pregunté si podía dárselos a Marcelino. Mi hermano accedió e inmediatamente me puse a buscar a Marcelino.

Mis piernitas cortas apenas lograron aguantar para caminar hasta el otro lado de la ciudad y encontrar a Marcelino. Él vivía en una modesta casita a la que ya se le habían hecho todas las reparaciones posibles. Una anciana abrió la puerta: “Sí, Marcelino vive aquí. Hace unos meses le amputaron una pierna; uno de sus moretones nunca se curó”, me dijo. Y yo, demasiado asustado, le dejé los discos y regresé a casa. Sabía que me iba a dar mucha lástima verlo aún más deteriorado que de costumbre.

Cuando llegó el verano, apareció Marcelino con una pierna de madera y muletas. Al cuello llevaba colgado el tocadiscos con una cuerda y, colgando de la cadera, sus discos de 45 rpm en una bolsa de tela. Me alegré de volver a verlo, pero me entristeció profundamente verlo en ese estado. Su nuevo aspecto ablandó los corazones de muy pocos.


Nunca aprendió a evitar el callejón de los verduleros, donde los hombres se burlaban de él y le preguntaban si tenía mujer o si había estado alguna vez con una mujer. Y ahora, les parecía divertido verlo cojear por la calle y brincar en un solo pie para recoger su muleta que le acababan de arrojar.


Un día, vi a un niño de unos trece años jugando con la hija pequeña de mi vecino desde el balcón de mi casa. El niño lanzaba a la niña al aire y luego la cachaba y ambos se reían. De repente, el perro de la niña gruñó y acorraló al niño contra la cerca. Cuando la niña empezó a gritar, Marcelino apareció en la puerta y golpeó al perro con su muleta. El perro saltó entonces sobre el cuello de Marcelino y el niño, asustado por creer que había sido culpa suya, empezó a gritar. Inmediatamente, la gente acudió de todas partes.


El niño dijo que Marcelino intentaba llevarse a la niña.


¿Fue el perro o la multitud enfurecida quien acabó con la vida de Marcelino? Al final, nadie lo supo y a nadie le importó.


Toda la gente le creyó al niño. Yo insistía en que yo había sido testigo y que decía la verdad, pero todos me ignoraron. Al fin y al cabo, el perro estaba defendiendo a la hija de su amo.

Solo mi mamá y mi papá sabían que yo decía la verdad, pero todo era inútil. Marcelino ya había muerto.


Solo unas pocas personas asistieron a su funeral. Allí, en el panteón, se me partió el corazón al escuchar a su madre cantar una hermosa canción. Sonaba como una canción de cuna.


Era la misma canción que escuché a Marcelino tararear docenas de veces durante mi infancia.

THE END



Le conté esta historia por primera vez a mi hija Michelle cuando tenía unos siete u ocho años. Más tarde, ella la escribió en la escuela para un proyecto escolar. La mayor parte de la historia ocurrió en la vida real cuando yo tenía once o doce años. Lo increíble fue que mi hija escribiera la historia siete años después con tanto detalle. Yo solo añadí algunos párrafos y cambié el final.



Edmundo Barraza / Michelle Solano
Lancaster, California.
Julio-2014