UN BULTITO

Me acuerdo muy bien de ese día. Me acuerdo muy claramente porque era mi cumpleaños. Estoy cien por ciento seguro de que ese día yo cumplía quince años. O dieciséis.

Inmediatamente después de ponerme los zapatos, sentí un pequeño bulto dentro del zapato derecho. No era duro como una piedra, era algo entre duro y suave, no sé cómo describirlo exactamente, tampoco era muy pequeño. No me molestaba demasiado, así que no me preocupó mucho, además ya no tenía tiempo de quitarme el zapato para investigar qué era. Mi mamá ya me esperaba en la cocina con mi desayuno listo. Tenía que estar en la escuela a las ocho de la mañana.

En lo más recóndito de mi cerebro, o como quien dice en mi subconsciente, no dejaba de pensar en el pequeño bulto dentro de mi zapato derecho. Mientras comía en la mesa de la cocina, me tallaba la suela del zapato contra la silla que tenía frente a mí. Comí de prisa y me despedí de mi mamá; para esas fechas ya no me despedía con un beso.

El recorrido de mi casa a la parada del autobús era largo, algo así como doce cuadras. Si cada cuadra son cien metros, entonces serían como mil doscientos metros; si cada paso de un adulto es como un metro, entonces deberían de ser como mil doscientos pasos, más el espacio entre las cuadras, y considerando que mis pasos eran más chicos que los de un adulto, calculo que por lo menos fueron tres mil pasos los que di en ese recorrido.

Yo vivía en la colonia Moderna, que en realidad de moderna, pues no tenía nada, ni asfalto, ni cemento, ni aceras. Caminaba por la Valdez Carrillo hasta la Juárez.

Bueno, pues en cada paso que daba, buscaba cómo restregar la suela de mi zapato contra algo duro. Ya tenía mucha comezón, iba concentrado solo en eso. Ya ni me acordaba que no había hecho la tarea de taquigrafía, la materia que más odiaba; lo único que me gustaba de esa materia era la maestra. Bueno, pues, solo la planta del pie tenía en mi mente.

Todo esto lo hacía inconscientemente. Ahora es que recuerdo eso claramente.

Al llegar a la Juárez, en la Plaza de Armas, pensé: ahora si me quito el zapato, pero en eso llegó el camión.

En el autobús hice lo mismo, raspaba mi pie contra el tubo de metal de descanso del asiento de adelante. Ahí sí tenía tiempo de quitarme el zapato y remover lo que me molestaba, pero como no era una molestia exagerada, no lo hice. Al bajar del autobús pegué un brinco, tratando de comprimir con mi peso lo que sea que estaba dentro de mi zapato.

Sin ningún éxito. Lo que estaba ahí aún lo sentía, apachurrado o no.

Ya en la escuela, durante la primera clase, seguí dándole con el zapato, ahora contra el pupitre de mi compañero de adelante. Pensé quitarme el zapato entonces, pero me parecía un poco ridículo, además la maestra de esa clase era muy estricta y exigía mucha concentración. Decidí que en la siguiente clase sí lo haría.

Tampoco lo pude hacer. Teníamos examen en esa clase, y yo no necesitaba ninguna clase de distracción. Al entregar mi examen terminado ya me latía que la calificación no sería muy buena, pues me la pasé muy distraído.

Lo que estaba en lo más recóndito de mi cerebro ya estaba en mero enfrente: el triste bultito.

Solo faltaba una clase, y después tendríamos un receso, o descanso, o recreo, ya no me acuerdo cómo es que le llamábamos al intermedio de media hora que tomábamos después de la tercera clase. Entonces, yo pensé que sin ninguna excusa revisaría lo que tanto me molestaba en el zapato. Ahora sí pensé que me molestaba. No tanto por lo que traía dentro del zapato, sino la molestia mental y la curiosidad por saber que era ese triste bultito.

Pero tampoco pude, pues mis amigos me eligieron para jugar un juego rápido de voleibol. No me negué, pues pensé que con tanto brinco aplastaría lo que sea que traía dentro de mi viejo zapato.

No funcionó.

Cuando se terminó el partido, que perdimos porque yo me la pasé brincando sin ton ni son en lugar de atacar al otro equipo y defender el mío, por fin decidí quitarme el zapato, pero cuando estaba tratando de desabrocharme la cinta, alguien detrás de mí me dio un coscorrón. Era el director, quien me decía: “Apúrate, chamaco, ¿que no oíste el timbre?”

Bueno, ahora solo faltaban dos clases y nos podríamos ir a casa. Esas dos clases se me hicieron muy largas y aburridas. Durante esas dos clases continué rascando mi pie en el pupitre de mi compañero, hasta que ya un poco enfadado, pero con cortesía, él me dijo que dejara de joder.

Sin más remedio, tuve que esperarme hasta el final de la última clase.

Pero tampoco pude. Pues al salir de la escuela, mi amiguita favorita me estaba esperando, y me preguntó que si la acompañaba a su casa. “Por supuesto que sí”, le dije muy entusiasmado, sabiendo que siempre me despedía con un beso en la mejilla después de que la dejaba en su casa.

Al llegar a su casa, me preguntó qué pasaba con mi pie derecho, y si me había lastimado jugando al voleibol. Luego de que le expliqué detalladamente lo del bultito en mi zapato, se sonrió, y me invitó a pasar a su sala a sentarme al sillón y quitarme el zapato, pues ella también tenía curiosidad de ver que era.

Ahora pienso que habría sido mejor no haber aceptado.

Ya sentía yo una satisfacción anticipada al estar desabrochándome la cinta del zapato. A pesar de que no tenía ni la menor idea de lo que encontraría, me imaginé que ambos terminaríamos con una sonrisa.

Finalmente me quité el zapato, metí la mano y saqué lo que estaba ahí, y enseguida, como un tonto, abrí la mano frente a ella. Al escuchar el grito de mi amiga comprendí que esta vez no habría beso de despedida. Tal vez, sólo la despedida, y tal vez para siempre.

Jamás había visto yo una cucaracha de semejante tamaño.

Esto sucedió hace muchos años. Ella, entonces, era mi novia; ahora es mi esposa. Hoy nos estábamos acordando de ese episodio. Y hoy, después de tantos años mi esposa dijo:

“Jamás había visto yo a una cucaracha de semejante tamaño y que apestara tanto a pies.”

Edmundo Barraza

Lancaster, CA.

Aug-2014

SE RENTAN NUBES

INTRODUCCION

Un niño sueña con una vida mejor para sus padres y su hermana menor cuando una grave sequía afecta a su pequeño campo y amenaza el modo de vida de la familia. El padre está al borde de la desesperación, pero sus hijos tienen influencias más allá de las nubes y su fe es inquebrantable.

*****

El paisaje no podía ser más horrendo ni más devastador. La tierra se veía triste y gris, y su aridez era muy profunda.

Así era la tierra de mi padre en esos tiempos. Seguía siendo tierra fértil, sólo que esa fertilidad necesitaba agua, agua que venía escaseando desde que yo nací. Hace once años que no llovía. La tristeza era visible en el rostro de mi padre y se comenzaba a parecer a su propia tierra, pues ya se le notaban surcos áridos en la frente y alrededor de sus ojos.

Cualquier desierto podría tener más vida. De seguro había desiertos en el mundo con más alegría, tierras áridas, pero llenas de orgullo y acostumbradas a vivir sin agua. Tierras desintegradas y convertidas por el extremo calor en granos de arena, imposibles de crear vida y alimento.

Me daba mucho gusto ver a mi padre feliz, pero su felicidad era cada vez más escasa y paulatina. A veces, antes de irnos a dormir, salía de la casa y veía al cielo, esperanzado de que las nubes fueran más sociables y amistosas y que al fin se reunieran a festejar algún milagro. El milagro de la lluvia. Pero al día siguiente, la tristeza de mi padre se intensificaba al ver sus tierras desoladas y secas. El agua comunal ya no existía; el río sólo parecía una vena vacía y seca, por la cual ya no corría ni una gota de sangre. Estaba tan muerto como la esperanza misma de las gentes de los alrededores; algunos vecinos ya se empezaban a ir a las ciudades.

Y yo le rogaba a Dios, le rezaba y le imploraba que mandara agua, porque me dolía mucho en el corazón ver a mi padre cada vez más triste. Él no se daba cuenta de que yo notaba todo; tampoco se fijaba en que yo veía que el vaso de agua que tomaba para apagar su insaciable sed no se lo terminaba, y le iba a echar el último trago a la plantita de la maceta que teníamos en mi ventana.

Y yo veía en las noticias cómo en otras partes del mundo había inundaciones, huracanes y lluvias torrenciales que arrasaban todo a su paso. Y yo le preguntaba a Dios por qué era tan injusto y no repartía sus exageraciones, y por qué no traía un poco de los excesos de allá a las escaseces de acá. Y porque la gente más pobre era siempre la más afectada por todas las miserias que el mundo padecía.

Pensando en eso, se me ocurrió que debería haber una forma de juntar las nubes y forzarlas, de alguna manera, a que soltaran sus aguas en algún lugar específico, no para el placer de sólo ver llover, sino para satisfacer el hambre y las necesidades más elementales de la gente del campo. Además, mi hermanita de tres años nunca había visto llover. Y así me fui a dormir una noche, pensando en cómo lograr traer las lluvias y devolverle la felicidad a mi papá.

Y esa noche soñé con “Nube Mojada”, el jefe apache de la tribu “sinsolnisombra” que me enseñaba la danza de la lluvia. Su poder sobrenatural de atraer las nubes ya había rebasado fronteras. Las inmensas tierras de su tribu las envidiaba el mismo paraíso celestial. No sé cómo, pero en mi mismo sueño me daba cuenta de que estaba soñando, aunque todo se veía auténtico; me daba cuenta de que todo era irreal. Y eso me obligaba a poner más atención para aprenderme al cien por ciento la danza de la lluvia, para aplicarla al día siguiente en las tierras de mi papá.

Pues sí, me la aprendí y en la mañana, antes de irme a la escuela, antes de bañarme y antes de desayunar, ejecuté el baile tan auténtico como pude. Con una olla y una cuchara traté de imitar el ritmo de los tambores. Todo estaba bien hasta que mi mamá me agarró de la oreja y me metió a casa, diciendo que me iba a llevar al manicomio si no me comportaba como una persona normal.

Por el río no había corrido agua desde hacía tres años; tampoco mi hermanita sabía qué era un río. Me imagino que si soltaban agua de la presa o del lago, o de donde salía el agua del río, solo alcanzaría a humedecer por unos segundos la tierra tan muerta de sed por tantos años. Estoy seguro de que nosotros estábamos a muchos kilómetros de donde naciera el agua. Y cada vez que pasaba por el río vacío, desquebrajado y seco, me acordaba de mi papá y de su corazón.

Un día vi a mi papá con una vara en forma de “Y” caminando incansablemente por todo el rancho. Según él, buscando agua subterránea, lo único que encontró fue una sed inmensa en su garganta. Decepcionado, se fue a sentar a la sombra flaca del último árbol vivo que nos quedaba. Tal vez necesitaba una vara más grande, mucho más grande.

La preocupación de mi papá se me había contagiado; ya solo pensaba en nuestra gran escasez de agua, día y noche. Antes de dormir, mi mente le daba vueltas a mis pensamientos y, durante horas, solo veía agua en mi mente. Una mañana desperté con buenas noticias en la televisión. Habían encontrado la forma de hacer llover, según esto habían inventado un imán de nubes. Este imán reunía nubes en un par de horas y luego le lanzaban cañonazos o misiles desde la tierra, que explotaban sobre las nubes, obligándolas a soltar el agua del susto. Pero todo esto acabó repentinamente cuando empezaron las guerras civiles entre pueblos vecinos, pues reclamaban que les habían robado sus nubes. Y aun así, cada vez aparecían imanes más grandes y poderosos. Hasta que el gobierno los prohibió.

Y por supuesto, yo despertaba de mis sueños fantásticos cada vez más decepcionado. Aunque eso de los imanes me parecía una buena idea.

Nuestra preocupación creció cuando el agua para bañarnos ya se consideraba un desperdicio. En la casa ya no había macetas con plantas vivas, los perros ya no sacaban la lengua para no sudar, y así ahorraban vueltas a sus recipientes secos.

Por las noches yo ya no rezaba ni conversaba con Dios, en lugar de eso, le reclamaba y le reprochaba sin ningún temor o respeto que se bajara de su nube y nos la prestara por tan solo un rato, y le recriminaba lo que había aprendido en la escuela: setenta y uno por ciento de la superficie de la tierra contiene noventa y siete por ciento del agua en el planeta.

Y le preguntaba porque no la distribuía equitativamente, o aunque sea que le quite la sal al agua del mar y haga un millón de ríos nuevos, y luego el calor del sol podría evaporar parte de esta agua y luego esta evaporación convertirse en nubes y luego en lluvia y luego la lluvia regresaría a los ríos y así sucesivamente, un ciclo bonito e interminable. Y así, con tanta agua de lluvia, el mundo entero se convertiría en un paraíso terrenal y ya nadie le pediría nada, y él estaría en paz descansando por toda la eternidad, o podría irse a otros universos a crear vida nueva con otro Adán y otra Eva. No creo que sea tan complicado para Dios.

Viéndolo bien, podríamos mudarnos a donde haya muchas inundaciones y, por lo menos, nos desaburriríamos de esta sequedad tan terrible. Mi papá dice que eso está muy complicado y que necesitaríamos, al menos, diez años para adaptarnos a un cambio tan drástico. Y yo digo que me gustaría haber nacido en medio del agua, y que dentro de diez años vamos a seguir sin agua ni lluvia. Y él dice que me calle y que no eche la sal.

Ya no quiero dormir, ya no quiero soñar. O bueno, siempre si, si quiero soñar, quiero soñar que amanezco ahogado en un inmenso lago de agua dulce y fresca, bueno no ahogado, quiero disfrutar más mi felicidad y ver la cara de mi papá sin arrugas y sin surcos, quiero ver su cara con una sonrisa eterna, que salga a brincar junto conmigo en la lluvia, mirando al cielo con nuestras bocas abiertas, y recibir el agua dentro de nuestras almas y corazones y dejar que corra por todas nuestras venas. Eso es lo que quiero. Soñar y ya no despertar.

Pero vuelvo a despertar. Y creo que estoy escuchando que llueve. Pero no me entusiasmo porque sé que estoy soñando. Pero escucho a mi padre y a mi hermanita gritar afuera, brincando y riendo bajo la lluvia. Y luego mi madre se acerca a mi cama y me pide la mano y me dice que me levante y vaya a ver cuánta lluvia está cayendo. Y le contesto que no quiero porque estoy dormido y soñando. Hasta que regresa con una cubeta llena de agua y me la vacía en la cara. Y entonces sí despierto y me levanto y voy a festejar el milagro de la lluvia. Y brincamos todos juntos, agarrados de la mano, y nos cansamos, pero ya no nos da sed.

Y me voy a dormir y vuelvo a despertar y sigue lloviendo.

Y sigue lloviendo.

© Copyright 2023

Edmundo Barraza

Lancaster, CA.

Sept-2014

PROSA PROSAICA

Amor leal y promiscuo hacia el barrio de mi juventud.

La colonia Moderna, un nombre perfectamente inadecuado. Mi vecina, la Plaza de Toros Torreón, coloso de cemento, infernal y abominable, pero a mí me parecía perfecta y con una capacidad inverosímil. (Ojos neófitos e infantiles). Las corridas de toros y la lucha libre, espectáculos al alcance de todos, entrada a los niños: un peso. Siempre deseando ver a los dos el mismo día, en la misma arena y al mismo tiempo.

El Canal del Coyote, río en miniatura, escaso y sucio, para mis ojos de niño aventurero, el tajo era el río Nilo y el Amazonas juntos; ahí aprendí a nadar (esquivando perros muertos).

Cada cuadra era un potencial campo de fútbol; mi felicidad era desmesurada: cada día, un nuevo aprendizaje, nuevos juegos, nuevos trucos. El trompo, el Yo-Yo, el valero, la resortera, el velit y muchos más, todos accesibles y baratos. Juegos para niños de barrios pobres. Los de la colonia Torreón Jardín nunca supe a qué jugaban.

El juego del bote, el pozito matón, el quinceado, el chinchilagua y el del tacón empujando una moneda. Si no estuviste ahí, no me has entendido, pero si fuiste pobre, lo sabes todo. Tal vez solo con nombres diferentes. Si fuiste pobre, fuiste afortunado.

Los domingos sin un veinte en la bolsa, con lágrimas en los ojos y la panza llena de hambre. Me acostumbré a esa hambre; ahora no me molesta ni me preocupa y hasta la disfruto. Para los niños pobres, la respuesta a sus peticiones siempre era después, siempre después. Debo afirmar que esto no fue constante.

Después, fui empujado a la iglesia, a la religión y a la aburrición. Eso nunca me benefició en nada. Nomás era entrar a la iglesia y me entraba un letargo insoportable. Renuncié y me rebelé, nunca jamás asistí, y seguí siendo bueno.

Caminar a la escuela veinte cuadras solo para ahorrarme veinte centavos del autobús y así comprarme una gordita del Mercado Juárez de regreso a casa. Caminando también. Y si no era la gordita, tal vez podía escuchar una canción en la rockola de la Plaza de Armas.

En la escuela, todas las niñas eran inalcanzables y mi timidez era inmensa. Mi corazón deambulaba solitario y abandonado.

Luego descubrí la música, los Beatles, los Monkees, Creedence. Cosa rara, para mí sólo inglés y nada más. El rock and roll se metió en mis entrañas y allí permanecería hasta que yaciera en mi frío féretro. Luego, lo inherente al rock, a los conciertos, a los experimentos, a la convivencia, eso nunca llegó. Ni en sueños. No por mucho tiempo.

Escuela, libros, cine, fútbol, todo esto sí me gustó. La vagancia me agradó aún más; el billar y mis amigos lo cambiaba por todo. Luego, una cerveza, un cigarro y todo se veía mejor (qué percepción tan absurda). El cine me gustó desde el principio. (Otra frustración de falso pueblo puritano.) Yo, deseando ver Vaquero de Medianoche (Midnight Cowboy), ni siquiera me permitían entrar a ver las de James Bond. Podía comprar tequila, emborracharme, fumar y hacer otras cosas peores, pero no podía ni ver al 007.

Luego, mis años de calentura, siempre deseando inventar un aparato que me permitiera ver a las muchachas en toda su gloria, algo así como unos lentes con los que pudiera verlas sin tanta ropa. Curiosidad diaria e insaciable. Luego aprendí a usar la imaginación para satisfacer esa curiosidad.

Mi primer encuentro sexual, nada vale la pena mencionar. Irrelevante, frío y olvidable. Después aprendí, practiqué y combiné el amor y el placer y todo mejoró.

Mi padre, lejano, ajeno, bueno, siempre bueno, él deseando ser admirado y yo deseando ser considerado. Mi buen padre, con sus sueños dormidos y anhelados. Suena familiar.

Mi madre, siempre ocupada y preocupada, convidando amor, cuidados y dulzura, nunca egoísta, con su corazón desbordado de cariño hacia el prójimo y repartiendo su sabiduría escasa y excusada.

Aun así, con todas las carencias y privaciones, mi vida en Torreón fue increíblemente feliz. Amo a mi familia, a mi barrio y a mi juventud.

Y si tuviera otra oportunidad, regresaría y haría todo igual.

(Tenía diecisiete años en esa foto.)

Edmundo Barraza

Visalia, CA.

Mar-2012

UN DÍA EN MI VIDA

El peluquero casi había terminado de cortarme el pelo cuando escuché el inicio de una canción en un pequeño radio. Primero, un solo golpe de tambor acompañado del piano, seguido por la guitarra y luego por el órgano vibrante. El primer sonido captó toda mi atención con su hermosa melodía.

No entendía ni una palabra de la letra en inglés. Antes de escuchar esa canción, había escuchado a los Beatles y a Elvis: buena música, pero nada comparada con esto. La canción me llegó directamente al corazón. En ese momento, habría dado cualquier cosa por entender la letra.

Hasta entonces, mi joven mente se había negado a aceptar otros tipos de música. Para mí, solo existía el rock. Mi mente bloqueaba todo lo demás. Mi incapacidad para entender la letra no me impedía disfrutarla.

Yo tenía quince años y vivía en Torreón, en la Colonia Moderna, cerca de la Plaza de Toros. Era el verano de 1967. En aquella época, no tenía ningún amigo al que le gustara el rock and roll tanto como a mí.

Cuando el peluquero terminó, la canción aún no había terminado. Me quedé allí hipnotizado. Me miré en el espejo, deseando que la música nunca se acabara. Entonces, me di cuenta de que el barbero me miraba fijamente. Yo estaba seguro de que él pensaba: “¿Qué le pasa a este niño tonto?”

Pero él tenía razón. Yo era un niño tonto porque si corría lo suficientemente rápido hasta mi casa, podría escuchar el resto de la canción y averiguar el título. Estaba a tres cuadras de casa. Y eché a correr. No vi las aceras agrietadas, las carreteras sin asfaltar, ni a mis amigos jugando al fútbol en la calle, ni la tienda de abarrotes, ni la carnicería. No oí cantar a los pájaros, ni ladrar a los perros, ni ningún otro ruido. Seguía escuchando la canción más bonita que nunca había oído.

Vivíamos en el segundo piso de una casa de dos plantas. Llegué arriba en un santiamén. Cuando fui a mi habitación, aún podía escuchar la canción durante aproximadamente un minuto. La voz humilde, autoritaria y hostil. La dulce y triste armónica, todo junto, perforó el centro de mi alma. Y la parte en la que el órgano lloraba, lleno de alegría o de dolor. Me provocó mi primer orgasmo mental.

Al terminar, dijeron el nombre de la canción y quién la tocaba. En ese mismo instante supe que tenía que comprarla de inmediato. Lástima que ya había gastado algo de dinero en mi corte de pelo. Qué desperdicio.

Fui a pedir dinero a mis tres hermanas. A la primera, sin éxito, era la tacaña. No me dio nada. A la segunda, la piadosa, le pedí dinero para la limosna de la iglesia del día siguiente y me dio algo. Y a la tercera, la que más me quería, le conté la verdad. Me dio el resto.

Compré el disco. La gente solía llamarlos «45» porque giraban a 45 revoluciones por minuto. Lo escuché toda la tarde. Incluso marqué el disco y conté cuántas vueltas daba en un minuto. Tenían razón: 45 veces por minuto, unas 280. Ese día escuché esa canción docenas de veces y cada vez me gustaba más.

En ese momento, me prometí a mí mismo que aprendería inglés antes de morir.

Cualquiera podría aburrirse después de escuchar la misma canción varias veces seguidas, pero yo no, no con esa canción. Esa noche ni siquiera vi la televisión. Cené, me di un baño y volví a mi habitación para escuchar ‘mi canción’ unas cuantas veces más antes de dormirme.

Probablemente pasaba la medianoche cuando el sonido de la música me despertó. Me levanté, encendí la luz, apagué el tocadiscos y volví a dormirme. Pero la música me despertó de nuevo. Esta vez era la radio, pero tocaba la misma canción. Y, una vez más, la apagué.

Volvió a ocurrir lo mismo. Enojado y asustado a la vez, desconecté el cable del tomacorrientes y desenchufé la radio. Lo quité de la pared, le quité las baterías y lo metí debajo de la cama.

Eso tendría que ser suficiente.

La siguiente vez que ocurrió, estaba asustadísimo. No quería abrir los ojos. Pensaba que Satanás me estaba haciendo una broma debajo de la cama. Reuní todo mi valor y me metí debajo de la cama. Tenía pensamientos aterradores. Imaginaba a Lucifer agarrándome de los brazos y arrastrándome al infierno. Pero no, lo único que había allí era mi tocadiscos. Lo tiré al piso de cemento de la planta baja, donde se rompió en mil pedazos.

Por la mañana, mi madre me picaba con el dedo en las costillas y me decía: “Despierta, hijo, tenemos que ir a la iglesia”.

Cuando abrí los ojos, vi mi tocadiscos con mi nuevo disco, enterito, intacto, listo para ser tocado mil veces más.

Pero primero tenía que ir a la iglesia a rezar.

Y le rogué a Dios que me permitiera volver a disfrutar de la música sin recibir ningún castigo.



*** “Like A Rolling Stone” — Bob Dylan. Duración: 6:31
La mejor canción de todos los tiempos. Revista Rolling Stone 2004



Edmundo Barraza

Visalia, California.

Junio de 2012

MARCELINO

En el México de mi infancia, en el México donde crecí, todos los barrios marginales tenían uno. Sus familias los escondían, con mucha vergüenza, en las habitaciones traseras de sus casas. Les ponían diferentes nombres: lunático, loco, desquiciado, chiflado, demente o cosas peores.


Mi madre me enseñó a ser respetuoso con todos y a no reírme nunca de nadie con deficiencias mentales o físicas. Aprendí de su ejemplo.


En mi barrio pobre, tenía un amigo de mi edad; él tenía un hermano que la mayoría del barrio ni siquiera sabía que existía. Lo mantenían apartado y recluido en una pequeña habitación detrás de la cocina. Tenía la cara deformada. Nunca pude adivinar su edad y tenía una discapacidad mental. Solo lo vi una vez y me entristeció su desgracia. Sé que no suena bien, pero cuando vi a Quasimodo en el cine, me recordó a él. El pobre niño tenía que depender al cien por ciento de sus padres.

Luego estaba Marcelino; él era un poco menos dependiente, pero cualquiera podía ver a kilómetros de distancia que padecía de alguna deficiencia mental. Podía trabajar. (más o menos) Necesitaba trabajar para mantener a su hermana menor y a su madre (como descubrí más tarde).


No vivía en mi barrio. Solo lo veía cada dos o tres semanas. Ese era el tiempo que tardaba en recorrer su ruta. A veces lo veía en otras partes de la ciudad, pero siempre en las zonas más pobres. No conocía a su familia ni sabía dónde vivía. Tenía curiosidad por saber dónde dormía. Marcelino a veces cambiaba de ruta para evitar las verduras podridas y otros desperdicios que cruelmente le arrojaban algunos niños y hombres de todas las edades. De vez en cuando, algunas señoras lo defendían, pero su presencia nunca era permanente.



Yendo de puerta en puerta, Marcelino ofrecía cantar tu canción favorita a cambio de unas monedas o de un taco de las sobras de la comida. A veces también preguntaba si tenías un viejo disco de 45 rpm para su tocadiscos. Podías pedir tu canción favorita, pero él te cantaba la que a él se le antojaba. De cualquier manera, nunca se le entendía nada. Además, su repertorio era muy limitado.


Llevaba una caja de madera con un clavo oxidado que sobresalía del centro. Probablemente era su única posesión rescatada de algún callejón. Por diez centavos te cantaba una canción. No cantaba nada, solo tarareaba y murmuraba la misma melodía sin importar la petición. Con sus dedos regordetes, daba vueltas a sus discos preciados en la caja de madera y tocaba tu canción.

Para hacerlo enojar y burlarse de él, los niños mayores del barrio le arrebataban los discos a Marcelino, los lanzaban por encima de su cabeza hacia otro niño y lo hacían perseguirlos hasta que alguien finalmente dejaba caer uno. Marcelino lo recogía, lo limpiaba con su camisa sucia y se dirigía de nuevo a su tocadiscos para empezar a cantar de nuevo.

Su mente era demasiado lenta para darse cuenta, pero tenía una inocencia excesiva; siempre caía en sus bromas. Cuando lo veían a una cuadra de distancia, los niños subían a los árboles y a los techos. Cuando Marcelino estaba lo suficientemente cerca, saltaban de sus escondites para echarle agua o cáscaras de sandía, huevos podridos, tomates o cualquier cosa que tuvieran a la mano.


Nuestras madres lo defendían, pero no se daban cuenta de que años antes habían sembrado el resentimiento en nuestras pequeñas mentes, diciéndonos: “Si no me obedeces, Marcelino te va a llevar”. Comparándolo con el coco, ‘te va a llevar el coco”


Yo no era ningún santo; también era travieso. A menudo esperaba agazapado en mi balcón, armado con ligas y cáscaras de naranja, listo para que las víctimas desafortunadas pasaran por delante de mi casa. Sí, a veces yo también fui travieso y pícaro, pero era selectivo. Yo evitaba a las viejitas, a las niñas guapas y a Marcelino.


Cuando su ruta lo llevaba a mi casa, yo corría con mi mamá para que preparara un taco con lo que hubiéramos comido. O a veces me daba diez centavos, pero mi mamá nunca se negaba. Algunos días, Marcelino aparecía con moretones o raspones en la cara y en los brazos, y entonces le pagábamos dos canciones. Todo el mundo sabía que cuando estaba ensangrentado era porque alguien se había pasado de la raya, y algunos se sentían mal por ello. Sin embargo, toda esa compasión era temporal y se desvanecía antes de que él se fuera al siguiente barrio.


Algunos domingos, mi padre me daba dinero para ir a la iglesia y nunca se me ocurrió usarlo para mi propio placer. Nunca lo guardé para mí, ni una sola vez, excepto para dárselo a Marcelino cuando estaba golpeado y derrotado.


Cantaba canciones desconocidas o inventadas en el momento, según lo que se le ocurría. Nunca entendíamos la letra. Pero había una que cantaba casi siempre y sonaba como una canción de cuna. Si le pedías esa, sonreía con picardía porque él también sabía que era la mejor de su repertorio. Mientras tarareaba esa triste melodía, se veía un poco de felicidad en sus ojos.


Tenía la piel oscura por haber pasado toda su vida bajo el sol. Estaba eternamente bronceado; no, esa no es la palabra adecuada. Estaba eternamente quemado por el sol. Se notaba que tenía una fuerza extraordinaria. Tenía la fuerza de un campesino trabajador, pero nunca la usaba a plenitud para defenderse, porque rápidamente podía ser castigado por la ley o superado por todo el montón de chiquillos.

Nunca podía ganar; siempre estaba solo. Pasara lo que pasara, él sería el culpable, incluso si ganara, pero nunca podía ganar. Y nunca ganó. Nadie podía ponerse de su parte en esos casos. Los lunáticos y chiflados siempre eran los perdedores en esta parte de la ciudad y en cualquier otra. Si actuaba ‘irracionalmente’, su destino final podía ser la cárcel, el hospital o el cementerio.


A veces intentábamos adivinar su edad, pero resultaba difícil. Nuestras estimaciones oscilaban entre los veinte y los cuarenta y cinco años. Pero su mente era la de un niño de siete años. Se me salen las lágrimas solo de pensarlo.


A pesar de los abusos constantes, Marcelino seguía siendo inocente. Lo digo porque era fácil hacerlo sonreír. No pedía mucho. Si le sonreías, sabía que eras su amigo, pero lo olvidaba fácilmente y, al minuto siguiente, volvías a ser su enemigo. Le costaba confiar en las personas porque había sufrido abusos durante mucho tiempo.


Uno de los niños de mi edad era increíblemente cruel con él. Años más tarde, ese niño, ya más grande, quiso salir con mi hermana, pero yo le aconsejé a mi hermana que no lo aceptara. Me alegré cuando ella siguió mi consejo.


Una vez, salí de mi casa y enseguida supe que ya había pasado y me lo había perdido cuando vi muchos pedacitos de plástico negro y duro en el suelo. Estaba seguro de que era uno de sus discos.


Con el paso del tiempo, vi menos a Marcelino. En invierno, casi todo el mundo se había olvidado de él, excepto yo. Echaba de menos sus murmullos oxidados y su sonrisa desdentada. Después de pedirle perdón a mi hermano mayor por haber dejado deliberadamente sus discos al sol y deformarlos, le pregunté si podía dárselos a Marcelino. Mi hermano accedió e inmediatamente me puse a buscar a Marcelino.

Mis piernitas cortas apenas lograron aguantar para caminar hasta el otro lado de la ciudad y encontrar a Marcelino. Él vivía en una modesta casita a la que ya se le habían hecho todas las reparaciones posibles. Una anciana abrió la puerta: “Sí, Marcelino vive aquí. Hace unos meses le amputaron una pierna; uno de sus moretones nunca se curó”, me dijo. Y yo, demasiado asustado, le dejé los discos y regresé a casa. Sabía que me iba a dar mucha lástima verlo aún más deteriorado que de costumbre.

Cuando llegó el verano, apareció Marcelino con una pierna de madera y muletas. Al cuello llevaba colgado el tocadiscos con una cuerda y, colgando de la cadera, sus discos de 45 rpm en una bolsa de tela. Me alegré de volver a verlo, pero me entristeció profundamente verlo en ese estado. Su nuevo aspecto ablandó los corazones de muy pocos.


Nunca aprendió a evitar el callejón de los verduleros, donde los hombres se burlaban de él y le preguntaban si tenía mujer o si había estado alguna vez con una mujer. Y ahora, les parecía divertido verlo cojear por la calle y brincar en un solo pie para recoger su muleta que le acababan de arrojar.


Un día, vi a un niño de unos trece años jugando con la hija pequeña de mi vecino desde el balcón de mi casa. El niño lanzaba a la niña al aire y luego la cachaba y ambos se reían. De repente, el perro de la niña gruñó y acorraló al niño contra la cerca. Cuando la niña empezó a gritar, Marcelino apareció en la puerta y golpeó al perro con su muleta. El perro saltó entonces sobre el cuello de Marcelino y el niño, asustado por creer que había sido culpa suya, empezó a gritar. Inmediatamente, la gente acudió de todas partes.


El niño dijo que Marcelino intentaba llevarse a la niña.


¿Fue el perro o la multitud enfurecida quien acabó con la vida de Marcelino? Al final, nadie lo supo y a nadie le importó.


Toda la gente le creyó al niño. Yo insistía en que yo había sido testigo y que decía la verdad, pero todos me ignoraron. Al fin y al cabo, el perro estaba defendiendo a la hija de su amo.

Solo mi mamá y mi papá sabían que yo decía la verdad, pero todo era inútil. Marcelino ya había muerto.


Solo unas pocas personas asistieron a su funeral. Allí, en el panteón, se me partió el corazón al escuchar a su madre cantar una hermosa canción. Sonaba como una canción de cuna.


Era la misma canción que escuché a Marcelino tararear docenas de veces durante mi infancia.

THE END



Le conté esta historia por primera vez a mi hija Michelle cuando tenía unos siete u ocho años. Más tarde, ella la escribió en la escuela para un proyecto escolar. La mayor parte de la historia ocurrió en la vida real cuando yo tenía once o doce años. Lo increíble fue que mi hija escribiera la historia siete años después con tanto detalle. Yo solo añadí algunos párrafos y cambié el final.



Edmundo Barraza / Michelle Solano
Lancaster, California.
Julio-2014