UN DÍA EN MI VIDA

El peluquero casi había terminado de cortarme el pelo cuando escuché el inicio de una canción en un pequeño radio. Primero, un solo golpe de tambor acompañado del piano, seguido por la guitarra y luego por el órgano vibrante. El primer sonido captó toda mi atención con su hermosa melodía.

No entendía ni una palabra de la letra en inglés. Antes de escuchar esa canción, había escuchado a los Beatles y a Elvis: buena música, pero nada comparada con esto. La canción me llegó directamente al corazón. En ese momento, habría dado cualquier cosa por entender la letra.

Hasta entonces, mi joven mente se había negado a aceptar otros tipos de música. Para mí, solo existía el rock. Mi mente bloqueaba todo lo demás. Mi incapacidad para entender la letra no me impedía disfrutarla.

Yo tenía quince años y vivía en Torreón, en la Colonia Moderna, cerca de la Plaza de Toros. Era el verano de 1967. En aquella época, no tenía ningún amigo al que le gustara el rock and roll tanto como a mí.

Cuando el peluquero terminó, la canción aún no había terminado. Me quedé allí hipnotizado. Me miré en el espejo, deseando que la música nunca se acabara. Entonces, me di cuenta de que el barbero me miraba fijamente. Yo estaba seguro de que él pensaba: “¿Qué le pasa a este niño tonto?”

Pero él tenía razón. Yo era un niño tonto porque si corría lo suficientemente rápido hasta mi casa, podría escuchar el resto de la canción y averiguar el título. Estaba a tres cuadras de casa. Y eché a correr. No vi las aceras agrietadas, las carreteras sin asfaltar, ni a mis amigos jugando al fútbol en la calle, ni la tienda de abarrotes, ni la carnicería. No oí cantar a los pájaros, ni ladrar a los perros, ni ningún otro ruido. Seguía escuchando la canción más bonita que nunca había oído.

Vivíamos en el segundo piso de una casa de dos plantas. Llegué arriba en un santiamén. Cuando fui a mi habitación, aún podía escuchar la canción durante aproximadamente un minuto. La voz humilde, autoritaria y hostil. La dulce y triste armónica, todo junto, perforó el centro de mi alma. Y la parte en la que el órgano lloraba, lleno de alegría o de dolor. Me provocó mi primer orgasmo mental.

Al terminar, dijeron el nombre de la canción y quién la tocaba. En ese mismo instante supe que tenía que comprarla de inmediato. Lástima que ya había gastado algo de dinero en mi corte de pelo. Qué desperdicio.

Fui a pedir dinero a mis tres hermanas. A la primera, sin éxito, era la tacaña. No me dio nada. A la segunda, la piadosa, le pedí dinero para la limosna de la iglesia del día siguiente y me dio algo. Y a la tercera, la que más me quería, le conté la verdad. Me dio el resto.

Compré el disco. La gente solía llamarlos «45» porque giraban a 45 revoluciones por minuto. Lo escuché toda la tarde. Incluso marqué el disco y conté cuántas vueltas daba en un minuto. Tenían razón: 45 veces por minuto, unas 280. Ese día escuché esa canción docenas de veces y cada vez me gustaba más.

En ese momento, me prometí a mí mismo que aprendería inglés antes de morir.

Cualquiera podría aburrirse después de escuchar la misma canción varias veces seguidas, pero yo no, no con esa canción. Esa noche ni siquiera vi la televisión. Cené, me di un baño y volví a mi habitación para escuchar ‘mi canción’ unas cuantas veces más antes de dormirme.

Probablemente pasaba la medianoche cuando el sonido de la música me despertó. Me levanté, encendí la luz, apagué el tocadiscos y volví a dormirme. Pero la música me despertó de nuevo. Esta vez era la radio, pero tocaba la misma canción. Y, una vez más, la apagué.

Volvió a ocurrir lo mismo. Enojado y asustado a la vez, desconecté el cable del tomacorrientes y desenchufé la radio. Lo quité de la pared, le quité las baterías y lo metí debajo de la cama.

Eso tendría que ser suficiente.

La siguiente vez que ocurrió, estaba asustadísimo. No quería abrir los ojos. Pensaba que Satanás me estaba haciendo una broma debajo de la cama. Reuní todo mi valor y me metí debajo de la cama. Tenía pensamientos aterradores. Imaginaba a Lucifer agarrándome de los brazos y arrastrándome al infierno. Pero no, lo único que había allí era mi tocadiscos. Lo tiré al piso de cemento de la planta baja, donde se rompió en mil pedazos.

Por la mañana, mi madre me picaba con el dedo en las costillas y me decía: “Despierta, hijo, tenemos que ir a la iglesia”.

Cuando abrí los ojos, vi mi tocadiscos con mi nuevo disco, enterito, intacto, listo para ser tocado mil veces más.

Pero primero tenía que ir a la iglesia a rezar.

Y le rogué a Dios que me permitiera volver a disfrutar de la música sin recibir ningún castigo.



*** “Like A Rolling Stone” — Bob Dylan. Duración: 6:31
La mejor canción de todos los tiempos. Revista Rolling Stone 2004



Edmundo Barraza

Visalia, California.

Junio de 2012

MARCELINO

En el México de mi infancia, en el México donde crecí, todos los barrios marginales tenían uno. Sus familias los escondían, con mucha vergüenza, en las habitaciones traseras de sus casas. Les ponían diferentes nombres: lunático, loco, desquiciado, chiflado, demente o cosas peores.


Mi madre me enseñó a ser respetuoso con todos y a no reírme nunca de nadie con deficiencias mentales o físicas. Aprendí de su ejemplo.


En mi barrio pobre, tenía un amigo de mi edad; él tenía un hermano que la mayoría del barrio ni siquiera sabía que existía. Lo mantenían apartado y recluido en una pequeña habitación detrás de la cocina. Tenía la cara deformada. Nunca pude adivinar su edad y tenía una discapacidad mental. Solo lo vi una vez y me entristeció su desgracia. Sé que no suena bien, pero cuando vi a Quasimodo en el cine, me recordó a él. El pobre niño tenía que depender al cien por ciento de sus padres.

Luego estaba Marcelino; él era un poco menos dependiente, pero cualquiera podía ver a kilómetros de distancia que padecía de alguna deficiencia mental. Podía trabajar. (más o menos) Necesitaba trabajar para mantener a su hermana menor y a su madre (como descubrí más tarde).


No vivía en mi barrio. Solo lo veía cada dos o tres semanas. Ese era el tiempo que tardaba en recorrer su ruta. A veces lo veía en otras partes de la ciudad, pero siempre en las zonas más pobres. No conocía a su familia ni sabía dónde vivía. Tenía curiosidad por saber dónde dormía. Marcelino a veces cambiaba de ruta para evitar las verduras podridas y otros desperdicios que cruelmente le arrojaban algunos niños y hombres de todas las edades. De vez en cuando, algunas señoras lo defendían, pero su presencia nunca era permanente.



Yendo de puerta en puerta, Marcelino ofrecía cantar tu canción favorita a cambio de unas monedas o de un taco de las sobras de la comida. A veces también preguntaba si tenías un viejo disco de 45 rpm para su tocadiscos. Podías pedir tu canción favorita, pero él te cantaba la que a él se le antojaba. De cualquier manera, nunca se le entendía nada. Además, su repertorio era muy limitado.


Llevaba una caja de madera con un clavo oxidado que sobresalía del centro. Probablemente era su única posesión rescatada de algún callejón. Por diez centavos te cantaba una canción. No cantaba nada, solo tarareaba y murmuraba la misma melodía sin importar la petición. Con sus dedos regordetes, daba vueltas a sus discos preciados en la caja de madera y tocaba tu canción.

Para hacerlo enojar y burlarse de él, los niños mayores del barrio le arrebataban los discos a Marcelino, los lanzaban por encima de su cabeza hacia otro niño y lo hacían perseguirlos hasta que alguien finalmente dejaba caer uno. Marcelino lo recogía, lo limpiaba con su camisa sucia y se dirigía de nuevo a su tocadiscos para empezar a cantar de nuevo.

Su mente era demasiado lenta para darse cuenta, pero tenía una inocencia excesiva; siempre caía en sus bromas. Cuando lo veían a una cuadra de distancia, los niños subían a los árboles y a los techos. Cuando Marcelino estaba lo suficientemente cerca, saltaban de sus escondites para echarle agua o cáscaras de sandía, huevos podridos, tomates o cualquier cosa que tuvieran a la mano.


Nuestras madres lo defendían, pero no se daban cuenta de que años antes habían sembrado el resentimiento en nuestras pequeñas mentes, diciéndonos: “Si no me obedeces, Marcelino te va a llevar”. Comparándolo con el coco, ‘te va a llevar el coco”


Yo no era ningún santo; también era travieso. A menudo esperaba agazapado en mi balcón, armado con ligas y cáscaras de naranja, listo para que las víctimas desafortunadas pasaran por delante de mi casa. Sí, a veces yo también fui travieso y pícaro, pero era selectivo. Yo evitaba a las viejitas, a las niñas guapas y a Marcelino.


Cuando su ruta lo llevaba a mi casa, yo corría con mi mamá para que preparara un taco con lo que hubiéramos comido. O a veces me daba diez centavos, pero mi mamá nunca se negaba. Algunos días, Marcelino aparecía con moretones o raspones en la cara y en los brazos, y entonces le pagábamos dos canciones. Todo el mundo sabía que cuando estaba ensangrentado era porque alguien se había pasado de la raya, y algunos se sentían mal por ello. Sin embargo, toda esa compasión era temporal y se desvanecía antes de que él se fuera al siguiente barrio.


Algunos domingos, mi padre me daba dinero para ir a la iglesia y nunca se me ocurrió usarlo para mi propio placer. Nunca lo guardé para mí, ni una sola vez, excepto para dárselo a Marcelino cuando estaba golpeado y derrotado.


Cantaba canciones desconocidas o inventadas en el momento, según lo que se le ocurría. Nunca entendíamos la letra. Pero había una que cantaba casi siempre y sonaba como una canción de cuna. Si le pedías esa, sonreía con picardía porque él también sabía que era la mejor de su repertorio. Mientras tarareaba esa triste melodía, se veía un poco de felicidad en sus ojos.


Tenía la piel oscura por haber pasado toda su vida bajo el sol. Estaba eternamente bronceado; no, esa no es la palabra adecuada. Estaba eternamente quemado por el sol. Se notaba que tenía una fuerza extraordinaria. Tenía la fuerza de un campesino trabajador, pero nunca la usaba a plenitud para defenderse, porque rápidamente podía ser castigado por la ley o superado por todo el montón de chiquillos.

Nunca podía ganar; siempre estaba solo. Pasara lo que pasara, él sería el culpable, incluso si ganara, pero nunca podía ganar. Y nunca ganó. Nadie podía ponerse de su parte en esos casos. Los lunáticos y chiflados siempre eran los perdedores en esta parte de la ciudad y en cualquier otra. Si actuaba ‘irracionalmente’, su destino final podía ser la cárcel, el hospital o el cementerio.


A veces intentábamos adivinar su edad, pero resultaba difícil. Nuestras estimaciones oscilaban entre los veinte y los cuarenta y cinco años. Pero su mente era la de un niño de siete años. Se me salen las lágrimas solo de pensarlo.


A pesar de los abusos constantes, Marcelino seguía siendo inocente. Lo digo porque era fácil hacerlo sonreír. No pedía mucho. Si le sonreías, sabía que eras su amigo, pero lo olvidaba fácilmente y, al minuto siguiente, volvías a ser su enemigo. Le costaba confiar en las personas porque había sufrido abusos durante mucho tiempo.


Uno de los niños de mi edad era increíblemente cruel con él. Años más tarde, ese niño, ya más grande, quiso salir con mi hermana, pero yo le aconsejé a mi hermana que no lo aceptara. Me alegré cuando ella siguió mi consejo.


Una vez, salí de mi casa y enseguida supe que ya había pasado y me lo había perdido cuando vi muchos pedacitos de plástico negro y duro en el suelo. Estaba seguro de que era uno de sus discos.


Con el paso del tiempo, vi menos a Marcelino. En invierno, casi todo el mundo se había olvidado de él, excepto yo. Echaba de menos sus murmullos oxidados y su sonrisa desdentada. Después de pedirle perdón a mi hermano mayor por haber dejado deliberadamente sus discos al sol y deformarlos, le pregunté si podía dárselos a Marcelino. Mi hermano accedió e inmediatamente me puse a buscar a Marcelino.

Mis piernitas cortas apenas lograron aguantar para caminar hasta el otro lado de la ciudad y encontrar a Marcelino. Él vivía en una modesta casita a la que ya se le habían hecho todas las reparaciones posibles. Una anciana abrió la puerta: “Sí, Marcelino vive aquí. Hace unos meses le amputaron una pierna; uno de sus moretones nunca se curó”, me dijo. Y yo, demasiado asustado, le dejé los discos y regresé a casa. Sabía que me iba a dar mucha lástima verlo aún más deteriorado que de costumbre.

Cuando llegó el verano, apareció Marcelino con una pierna de madera y muletas. Al cuello llevaba colgado el tocadiscos con una cuerda y, colgando de la cadera, sus discos de 45 rpm en una bolsa de tela. Me alegré de volver a verlo, pero me entristeció profundamente verlo en ese estado. Su nuevo aspecto ablandó los corazones de muy pocos.


Nunca aprendió a evitar el callejón de los verduleros, donde los hombres se burlaban de él y le preguntaban si tenía mujer o si había estado alguna vez con una mujer. Y ahora, les parecía divertido verlo cojear por la calle y brincar en un solo pie para recoger su muleta que le acababan de arrojar.


Un día, vi a un niño de unos trece años jugando con la hija pequeña de mi vecino desde el balcón de mi casa. El niño lanzaba a la niña al aire y luego la cachaba y ambos se reían. De repente, el perro de la niña gruñó y acorraló al niño contra la cerca. Cuando la niña empezó a gritar, Marcelino apareció en la puerta y golpeó al perro con su muleta. El perro saltó entonces sobre el cuello de Marcelino y el niño, asustado por creer que había sido culpa suya, empezó a gritar. Inmediatamente, la gente acudió de todas partes.


El niño dijo que Marcelino intentaba llevarse a la niña.


¿Fue el perro o la multitud enfurecida quien acabó con la vida de Marcelino? Al final, nadie lo supo y a nadie le importó.


Toda la gente le creyó al niño. Yo insistía en que yo había sido testigo y que decía la verdad, pero todos me ignoraron. Al fin y al cabo, el perro estaba defendiendo a la hija de su amo.

Solo mi mamá y mi papá sabían que yo decía la verdad, pero todo era inútil. Marcelino ya había muerto.


Solo unas pocas personas asistieron a su funeral. Allí, en el panteón, se me partió el corazón al escuchar a su madre cantar una hermosa canción. Sonaba como una canción de cuna.


Era la misma canción que escuché a Marcelino tararear docenas de veces durante mi infancia.

THE END



Le conté esta historia por primera vez a mi hija Michelle cuando tenía unos siete u ocho años. Más tarde, ella la escribió en la escuela para un proyecto escolar. La mayor parte de la historia ocurrió en la vida real cuando yo tenía once o doce años. Lo increíble fue que mi hija escribiera la historia siete años después con tanto detalle. Yo solo añadí algunos párrafos y cambié el final.



Edmundo Barraza / Michelle Solano
Lancaster, California.
Julio-2014